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Coventry City: El Ascenso de Doug King y su Impacto

Doug King aún tiene grabado en la memoria el ruido de aquella noche en Blackburn. No fue el rugido del Ewood Park, ni los chasquidos de las botellas de champán en el palco. Fue un coro incesante, casi infantil, que se colaba por las paredes de un Travelodge junto a una estación de servicio en la M65: “We are Premier League”. Toda la noche. Una letanía que rompía 25 años de espera.

El propietario de Coventry City, multimillonario, directo, sin afectación, durmió —o intentó dormir— allí, en un hotel de carretera, después de haber celebrado en la sala de juntas el ascenso que había prometido conseguir en cinco años y que llegó bastante antes de lo previsto. Hubo lágrimas en el momento del pitido final. Y luego, la realidad: un hombre que vale cientos de millones, acurrucado en una cama estándar, con el eco de su propio éxito cantado por otros.

De la promesa al desfile

En las últimas semanas, King se ha sentido más organizador de fiestas que presidente. Y no es para menos. El lunes, Coventry se echó a la calle para un desfile en autobús descapotable que arrancó en Jimmy Hill Way, la avenida que honra al técnico que llevó por primera vez al club a la élite en 1967. Esta vez, la ciudad celebraba un regreso largamente postergado.

Tras ser coronados campeones el mes pasado, King no se limitó a posar con el trofeo. Bebió directamente de él. “No pensé que la tapa se soltaría, así que tuvimos que aprovechar”, admite entre risas. Un gesto más de un dirigente que ha decidido vivir este viaje sin filtros.

El trayecto hasta aquí ha sido vertiginoso. King, licenciado en ingeniería matemática y con una carrera forjada en el comercio de granos y petróleo, tomó el control total del club en enero de 2023. Sobre la mesa, un plan claro: ascenso en un plazo de cinco años. A los pocos meses, lanzó una propuesta casi provocadora a 5.000 aficionados: un abono “Premier League” de cinco años, con la promesa de una temporada gratis si el equipo lograba subir mientras ellos seguían renovando. “Si hiciste un año y dijiste: ‘Nunca van a llegar’, te lo perdiste”, resume.

Coventry sí llegó. Y antes de tiempo. Después de un par de intentos frustrados, el impulso definitivo lo puso Frank Lampard, que remató el trabajo 18 meses después de su llegada al banquillo.

Del terremoto de Sunderland al golpe sobre la mesa

Para entender la magnitud de este ascenso hay que retroceder a la herida más reciente. La derrota en la semifinal del playoff de la temporada pasada ante Sunderland. Un final cruel. Un córner en el último suspiro. Dan Ballard en el aire. El gol que lo cambia todo.

Lucas, uno de los cinco hijos de King, no pudo mirar. Se cubrió la cara con la corbata mientras el balón volaba hacia el área. “Ese golpe dolió de verdad, esa patada en la cara en el último minuto. Fue como un terremoto, el suelo temblaba: ‘Dios mío, todo el mundo va a estar destrozado’”, recuerda el propietario.

Aquella noche dejó cicatriz. También una determinación distinta. En agosto, King dio uno de los pasos más contundentes de su mandato: el desembolso de 50 millones de libras para comprar el CBS Arena. El estadio donde Coventry llevaba desde 2005 como inquilino, sometido a caseros y contratos de arrendamiento que nunca terminaban de cuadrar con la ambición deportiva.

“Fue un gran momento, cerrar por fin el capítulo del club y su estadio, de una vez por todas”, explica. Ese mismo día, el equipo firmó un 7-1 demoledor ante QPR. Todo encajaba. “Fue muy apropiado: ‘Vale, ahora todo está junto, el equipo es realmente bueno, veamos hasta dónde podemos llegar’”.

Un dueño visible, una ruptura con el pasado

Desde el primer día, King ha dado la cara. Sobre todo cuando tocó tomar la decisión más impopular y, a la vez, más definitoria: despedir a Mark Robins, el técnico que había llevado al club desde League Two hasta rozar la Premier League en una tanda de penaltis.

King no quiso delegar. No en esto. “En los negocios he delegado grandes proyectos en equipos, en CEOs, y me he sentido decepcionado. Les das un gran presupuesto, se ponen a ello y cuando te enteras de lo malo ya es demasiado tarde. Para mí, esto era demasiado importante. Era mi momento para estar encima de todo”, explica. Su mensaje era claro: romper con la imagen de un club manejado a distancia por un fondo de inversión como Sisu, desde Mayfair. “Quería que se notara el contraste: ‘Aquí hay liderazgo, esto es lo que vamos a hacer’”.

Esa cercanía no es un gesto de cara a la galería. King se mezcla con la grada, canta a pleno pulmón el We’ll Live and Die in These Towns de The Enemy, convertido en himno oficioso en la previa de los partidos. La banda, nacida en Coventry, lo interpretó a pie de césped en noviembre y volvió a hacerlo sobre el escenario en el desfile del War Memorial Park. “Fue mucho más especial de lo que pensaba, se sintió muy íntimo, muy real. Y queremos hacer cosas distintas. No quiero ser aburrido. Un club tiene que representar algo más que lo que pasa sobre el césped”, afirma.

Su popularidad se palpa. En las gradas ya se corea su nombre y algunos aficionados incluso se presentaron disfrazados de él: acreditaciones al cuello, corbata celeste y pelucas voluminosas. King se ríe al recordarlo. Les saludó mientras daba la vuelta al campo. Ellos intentaron colarse en el palco con sus falsas credenciales. “Pero soy mucho más guapo que ellos”, bromea.

El reto de la Premier: ni conformismo ni vértigo

La resaca del ascenso da paso ahora a la fase más delicada: diseñar un Coventry de Premier League. King sabe lo que marca el discurso habitual: “La gente puede decir: ‘Si acabas 17º, está bien, y vuelves a intentarlo’”. Hace una pausa. No le convence. “Vale, pero quizá quiero mirar otras cosas: ¿podemos ser un poco mejores?”.

Mira hacia modelos recientes. Bournemouth, Brentford, Brighton. Clubes que no solo han sobrevivido, se han instalado con naturalidad en la élite. Esa hoja de ruta le inspira. “Me gusta hacer lo que digo que vamos a hacer. No he dicho aún qué vamos a hacer en la Premier League porque no he formulado exactamente cómo voy a atacarla”, admite. Pero el objetivo de fondo se intuye: permanecer, ganar inercia, mirar la mitad alta de la tabla. Y, quién sabe, algún día asomarse a competiciones europeas. “Una vez cada luna azul, quizá dar un mordisco a eso de jugar en otros países”, desliza.

No es un discurso de vendedor de humo. Es el de alguien que asume el riesgo con naturalidad. “He ganado dinero. He decidido invertirlo en un proyecto, que es algo peligroso para tu patrimonio. Debería ser accesible. Si las cosas no van bien, y alguien quiere decirme que no le ha gustado lo que ha visto, no hay problema”.

De St Andrews a Pall Mall: la mirada de un competidor

El fútbol no es el primer contacto de King con la alta competición. Su bautismo en la élite llegó en los greenes de St Andrews, cuando era un adolescente obsesionado con el golf. Creció en Lowestoft, capitaneó el equipo de la Universidad de Loughborough y acabó cargando la bolsa de Ronan Rafferty en la Dunhill Cup de 1986.

Rafferty, que años después ganaría la Orden de Mérito del European Tour y jugaría la Ryder Cup, formaba parte del equipo irlandés. En el sorteo, España. Y enfrente, nada menos que Seve Ballesteros. King, un chaval, en el Old Course, caddie contra el número uno de Europa. “Piensas: ‘Vale, mejor no cometer errores hoy’”. El día terminó con un marcador inesperado: Rafferty firmó 67 golpes, Seve se fue a 74, de mal humor. “Le dimos un repaso. Digo ‘le dimos’ porque yo lo sentí así”, recuerda King.

Ese instinto competitivo reapareció cuando entrevistó a Frank Lampard en sus oficinas de Pall Mall, en el centro de Londres. No buscaba solo un nombre. Quería un líder rodeado de gente de confianza. Lampard llegó con Joe Edwards y Chris Jones, sus asistentes. “Me gustó que viniera con personas en las que confiaba, porque llegar solo, ver lo que hay, es más complicado”, explica King. Con un técnico de su reputación, el riesgo es evidente: empleados que “pisen de puntillas entre los tulipanes”, que no se atrevan a decirle lo que piensan. “Quería un equipo compacto, que ya había tenido éxito, que pudiera contrapesarle y con el que él se sintiera cómodo”. No dudaba de que Lampard funcionaría. Aun así, reconoce que le ha sorprendido la forma en que el club se le ha metido “debajo de la piel”.

Lampard, los “shocker” y el futuro

Hace poco, King dejó caer una confesión llamativa: le gustan “las personas que han tenido unos cuantos shockers”. Lampard encaja en ese perfil. Fue despedido por Everton antes de cumplir un año y luego tuvo un breve y poco agradecido papel de “niñera” en Chelsea, un interino con poco margen y muchas miradas encima.

King ve valor donde otros ven fracaso. “Lo miro como algo positivo. Ha tenido que manejar mensajes bastante disfuncionales, digámoslo así. Esas cosas te incomodan, pero te obligan a encontrar soluciones para salir adelante. Te hacen crecer como líder, como motivador, como entrenador”.

La pregunta inevitable es si ya trabaja en una renovación. El contrato de Lampard expira el próximo verano. King mide las palabras. “Ha salido bien. Él se volvió a meter en la arena y todo el mundo pensó: ‘Vale, es Frank otra vez, veamos qué pasa. Probablemente se quedará cerca o no irá bien’”. La presión estaba ahí desde el primer día. Lampard, convencido de su cuerpo técnico, apostó por la claridad, la motivación, el enfoque. Quería llevar al club hacia “alguna forma de éxito”. ¿Campeones 18 meses después? “No lo creo. Ni él ni yo”, admite King.

Ahora, con la ciudad teñida de celeste, el CBS Arena por fin en manos del club y la Premier League a la vuelta de la esquina, la verdadera prueba apenas empieza. Coventry ya ha demostrado que sabe regresar. Falta averiguar si también sabe quedarse.