Copa del Mundo 2022: polémicas y desorden
La Copa del Mundo ha sobrevivido a dictaduras, boicots y sedes discutidas. Está acostumbrada al ruido. Pero lo que rodea a este torneo tiene otro tono: no es solo polémica, es desorden.
El caso de Omar Artan ha encendido todas las alarmas. Al árbitro se le ha denegado la entrada a Estados Unidos y ha quedado fuera del torneo antes incluso de pisar el césped. Un golpe directo a la credibilidad organizativa de una competición que presume de ser el gran escaparate del fútbol mundial.
Al mismo tiempo, los precios de las entradas han abierto una brecha con la gente a la que este deporte dice pertenecer. Las tarifas han generado una preocupación profunda: el Mundial, el evento que debería reunir a las masas, se aleja de los aficionados de siempre y se acerca, cada vez más, a un producto de lujo.
Y por si faltara algo, el relato de la semana lo puso Aymen Hussein. El delantero de Irak fue retenido supuestamente siete horas en aduanas. Siete horas de incertidumbre para un futbolista que llega a jugar el torneo más importante de su vida. Un episodio que se suma a la sensación general de caos.
Shearer no se muerde la lengua
En medio de este clima, las voces autorizadas han dejado de hablar solo de táctica y alineaciones. Alan Shearer, referencia absoluta del fútbol inglés, fue directo en el podcast The Rest Is Football. No intentó suavizar nada.
“Es una imagen horrible. Es una imagen terrible”, dijo, al analizar el cúmulo de problemas extradeportivos.
El exdelantero no se limitó a un caso concreto: apuntó al conjunto. El veto a Artan, los precios de las entradas y las distintas interferencias alrededor del torneo han creado, a su juicio, un escenario imposible de pasar por alto.
“Siempre hay debates antes de los Mundiales, pero creo que esta vez ha habido más que en ningún otro que recuerde”, admitió.
Y fue más allá al denunciar cómo el coste de los boletos está expulsando a los hinchas de carne y hueso del “mayor torneo del mundo”. Su conclusión fue tan sencilla como contundente: “No está bien, en absoluto”.
La crítica encaja con la línea marcada por Gary Lineker, otro peso pesado del fútbol británico. Él ya había puesto el foco en el clima político y en el impacto económico del torneo, con un mensaje claro: los precios del Mundial están dejando fuera a los aficionados corrientes del “mayor espectáculo de la Tierra”.
Un Mundial atrapado en la política
El fútbol nunca ha sido ajeno al poder, pero en esta ocasión la política no solo acompaña al torneo: lo invade. Cada día previo ha llegado cargado de un nuevo titular incómodo, de un nuevo síntoma de desorganización o desconexión con la gente.
El resultado es un ambiente espeso. Aficionados irritados por las entradas, preocupación por el trato a jugadores y árbitros, preguntas constantes sobre quién manda realmente alrededor del Mundial. El ruido ya no es un simple telón de fondo; amenaza con tapar el propio juego.
Entre tanta controversia, la sensación en la calle es clara: la mayoría solo quiere que el balón empiece a rodar. Que el primer saque inicial actúe como una especie de purga. Que el fútbol, por fin, tome el mando del relato.
La gran incógnita es si, una vez que la pelota eche a andar, el torneo será capaz de encontrar ese ritmo limpio que todos esperan o si estas grietas extradeportivas seguirán marcando el paso hasta el último minuto.



