Ben Waine: del banquillo vacío al sueño del Mundial
Ben Waine llega al Mundial 2026 con una historia que no encaja en los tópicos de la estrella en ascenso. Hace no tanto, ni siquiera entraba en las convocatorias de Port Vale. Hoy, el delantero neozelandés se prepara para jugar el torneo que Gianni Infantino vende como “104 Super Bowls”. Para él, hasta hace unos meses, aquello sonaba a otro planeta.
“Ha sido una temporada dura. No voy a mentir”, reconoció a Sky Sports. Hubo semanas, meses, en los que se quedó fuera de la lista. Ni un minuto. Ni un lugar en el banquillo. Nada. Y dolió. Pero en ese vacío encontró algo que casi ningún futbolista quiere: tiempo. Tiempo para trabajar en silencio.
Port Vale descendió, pero Waine salvó algo más que su autoestima. Marcó el gol de la victoria ante Sunderland en una eliminatoria de FA Cup en marzo, una noche que cambió el tono de su año. “Hizo la temporada un poco más llevadera”, admite. No fue casualidad. Fue producto de una rutina casi obsesiva.
Cada día, uno contra uno con el técnico individual Simon Ireland. Sin focos, sin cámaras. Sólo repeticiones. “Literalmente, cada día trabajábamos uno o dos tipos de remate, centrados en la técnica”, cuenta. No buscaba sólo potencia. Buscaba calma. Esa fracción de segundo en el área en la que el delantero respira y el portero se congela.
Quería un remate automático, casi inconsciente. “Intentar encontrar esa compostura, ese remate al que pudiera ir sin pensar, que se volviera instinto”. Mientras el equipo se hundía en la tabla, él encontraba propósito en esos detalles. “Sabía hacia dónde iba. Incluso cuando las cosas no iban bien, tenía eso en lo que trabajar. Me ayudó a relajarme”.
El cambio se notó donde más duele y más cuenta: en el área. Waine reconoce que su ansiedad lo traicionaba. “Estaba tan desesperado por hacerlo bien que aceleraba las acciones delante del arco”. Las sesiones con Ireland buscaban desmontar ese nervio. Curiosamente, el gol que lo definió fue un cabezazo. El que eliminó a Sunderland.
La jugada ya la había visto antes. En su cabeza.
“El segundo ejercicio de finalización no lo hacíamos tanto, pero yo lo visualizaba mucho fuera del campo. Y el único gol que realmente había imaginado era ese contra Sunderland: un cabezazo bombeado, cruzado, por encima del portero”. Lo había repetido mentalmente. Lo había sentido. Y el día señalado, simplemente salió. Natural. “Fue muy bonito ver que funcionaba”.
El festejo también tuvo historia. Su familia es hincha de Newcastle, y Waine no dudó: brazo al aire, puño cerrado, la celebración clásica de Alan Shearer… delante de la afición de Sunderland desplazada. Un gesto cargado de picante. “Fue increíble. Nunca había visto el estadio así. Estaba absolutamente reventando”, recuerda.
Ese tanto fue uno de los ocho que firmó con Port Vale, cifra que, en un equipo en caída libre, marca un punto de inflexión personal. “Lo aproveché con las dos manos. Suena raro, pero volví a disfrutar de jugar al fútbol”. No siempre había sido así desde que dejó Wellington Phoenix.
Su salto a Inglaterra llegó en enero de 2023, cuando fichó por Plymouth Argyle, entonces en League One. Nuevo país, nuevo fútbol, nuevas exigencias. El reto no era tanto técnico como físico y mental. El ritmo del fútbol inglés lo golpeó de lleno. Y cuando Plymouth subió al Championship, el vértigo se multiplicó.
“Sabía que el salto a League One sería grande. No en lo técnico, sino en intensidad y físico, el ajuste fue enorme. Y luego llega ese ascenso increíble y, de repente, estás jugando Championship. Casi llegó demasiado rápido”. Aun así, dejó su huella: marcó un par de goles en la categoría, uno de ellos en Elland Road ante Leeds United. Pero no bastó para consolidarse.
Buscando minutos, se marchó cedido a Mansfield. No funcionó. “Simplemente no salió bien”. Ni continuidad ni confianza. El tipo de cesión que suele romper carreras. La pregunta flotaba en el aire: ¿volver a casa?
Él se lo prohibió. “Me prometí que, por muy duro que se pusiera, no iba a volver. Habría sido la opción fácil”. Aguantó. Tragó banquillo, entrenamientos duros y dudas. Hoy siente que la apuesta le ha cambiado. “He salido de todo eso siendo mejor jugador y mejor persona”. Y ahora llega el premio: un Mundial al alcance de sus tacos.
Waine no es un novato absoluto en grandes citas. Ha jugado dos Juegos Olímpicos con Nueva Zelanda. “Francia en el Velodrome fue un partido increíble para estar en el campo”, recuerda. Pero sabe que el Mundial es otra dimensión. “Va a ser un nivel más arriba”. Lo ha comprobado en la preparación.
Nueva Zelanda ha probado el sabor del escalón superior. Waine marcó en un 4-1 ante Chile en marzo, pero el resto del camino ha sido empinado: derrotas ante Colombia, Ecuador, Finlandia, y más recientemente frente a Haití e Inglaterra. El grupo ha tenido que acostumbrarse a competir sin la red de seguridad del resultado.
“Cuando damos el salto y jugamos contra rivales más duros, no podemos esperar que los resultados sean perfectos. Hemos tenido que ajustarnos mentalmente”. Para Waine, el ajuste puede ser también táctico.
Él se define como “un nueve de carrera”, un delantero que presiona arriba y ataca la espalda de la defensa. Pero en su selección hay un tótem: Chris Wood, el máximo goleador histórico del país y su gran referencia internacional. Desbancarlo no entra en el guion. Así que Waine ha encontrado otra vía: el costado.
En Port Vale ya ha jugado desde la izquierda. Y le ha gustado. “Al principio estaba un poco dudoso, pero ahora lo veo como algo muy positivo. Se sintió muy natural. Estoy jugando por la izquierda, por la derecha y por el medio. Añade otra dimensión, y eso debería ayudar a mi caso”. Cuantas más posiciones, más puertas abiertas en un torneo donde cada minuto se pelea.
De Wood ha aprendido algo que no se entrena en el gimnasio: paciencia. “Como delantero, puedes casi no tocar la pelota en todo el partido, pero cuando llega esa ocasión, tienes que aprovecharla. Él lo ha demostrado una y otra vez”. Un disparo, una carrera, un cabezazo. Un momento.
Eso es lo que persigue ahora Waine. “Va a haber esa oportunidad de ser el héroe. Sólo quieres ese momento”. Nueva Zelanda se medirá primero a Irán, después a Egipto y cerrará ante Bélgica. No parte como favorita. Pero hay grupos peores. Él lo vio claro desde el sorteo.
“Mi primer pensamiento fue que realmente tenemos una oportunidad aquí. Todo el mundo nos ve como los ‘underdogs’, pero queremos aprovechar la oportunidad que tenemos delante. Queremos conseguir nuestra primera victoria en el gran escenario y queremos pasar de la fase de grupos por primera vez en la historia”.
En lo personal, hay pequeños sueños dentro del gran sueño. Uno lleva el nombre de Mohamed Salah. Waine no se hace ilusiones. “Asumo que habrá varios compañeros tirando de galones” para quedarse con la camiseta del egipcio. Quizá se vaya sin ese recuerdo. Pero hay otro trofeo que lo seduce más: su propio instante Mundial.
Tal vez llegue con otro cabezazo imposible. Tal vez con una carrera desde la banda. Tal vez con ese saludo de Alan Shearer reapareciendo en el mayor escaparate del fútbol. “Puede que vuelva”, dice entre risas.
Su objetivo, en el fondo, no cambia: exprimir cada gota de su potencial. Después de “muchos altibajos”, como él mismo define el camino, se ha ganado el derecho a estar ahí, a un paso de hacer algo realmente especial. La ocasión aparecerá. La pregunta es si, cuando llegue, Ben Waine volverá a hacer que todo parezca instinto.



