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Arsenal arranca con victoria contundente: 3-0 a Coventry

La temporada vuelve a rugir y, con ella, la máquina interminable de partidos, repeticiones y debates. Para la afición de Arsenal, al menos por lo visto en este estreno liguero, el maratón promete ser algo menos angustioso que el curso pasado. El campeón ha empezado como si llevara semanas rodado: 3-0 a Coventry, sin drama, sin sobresaltos, casi sin despeinarse.

Retener el título siempre se vende como una hazaña casi imposible. Ganarlo ya fue una montaña rusa emocional. La cuestión ahora es otra: cómo gestionar esa nueva gravedad, ese estatus de equipo a batir. No se trata de fingir hambre a lo Roy Keane, de vivir cada victoria como un acto de autoagresión competitiva. En este Arsenal el reto pasa por encontrar ritmos distintos, marchas más profundas. Ganar la liga… pero ganarla mejor. Hacer que estos partidos duelan menos. Incluso que aburran un poco.

Primer paso, cumplido.

Arsenal en modo demostración

Lo que ocurrió en el Emirates tuvo algo de presentación de software. Arsenal se impuso con una comodidad que rara vez se ha visto en las dos últimas temporadas. El 3-0 a Coventry pareció, por momentos, un modo demo: el motor al ralentí, probando funciones, sin necesidad de pisar a fondo.

El otro gran titular fue un nombre propio: Martin Ødegaard. No por una noche deslumbrante en términos de fuegos artificiales, sino por algo más sutil. Por primera vez en mucho tiempo, el noruego se pareció al Ødegaard medio olvidado, el que dictaba el juego con una naturalidad insultante. Se marchó en el minuto 75 con 72 toques y 55 pases cortos, limpios, constantes, cosiendo la estructura ofensiva de Arsenal.

Sin fichaje estelar en ataque, muchas miradas se han posado sobre él. La pregunta es sencilla: ¿puede volver a ser el que fue antes de las lesiones de la última campaña? Cuando está bien, Ødegaard es una plaga para el rival, un animal de presión, un maestro de los espacios pequeños y del pase insinuado, ese toque que no rompe la jugada, la afina.

Un gol extraño, una señal clara

Su gol, el tercero de Arsenal, llegó en el minuto 48 y fue, a la vez, cómico y revelador. La jugada que lo precede, no. Esa fue seria. Ødegaard arrancó desde su zona preferida, justo por detrás de la línea de ataque, tirando de los hilos. Metió un pase retrasado y medido a Ben White, se deslizó hacia un espacio libre y esperó.

El remate, en cambio, fue casi un gag. El noruego tiene a veces una forma rara de golpear el balón, se acerca de lado, conecta con un ángulo extraño, una especie de punterazo elegante. Esta vez, frente a la portería, le salió un semimiskick, pero el balón salió flotando, raro, hacia la izquierda de Carl Rushworth. El portero estiró el brazo en un gesto desesperado, como un gato intentando atrapar una sombra en la pared. No llegó.

Ødegaard se echó a reír mientras celebraba. Pero la sonrisa no tapaba el fondo del asunto: era su primer gol en el Emirates desde diciembre. Importaba. Y alrededor de ese momento, se vio algo más: el viejo entendimiento con Bukayo Saka, ese circuito corto que tanto echó de menos Arsenal en algunos tramos de la pasada campaña.

Justo antes del descanso, ambos encadenaron seis o siete toques entre sí, mareando marcas, hasta que apareció el hueco para que Declan Rice probara desde la frontal. Su disparo se fue por poco, pero la sensación fue inconfundible: esto ya lo habíamos visto. Aquí están otra vez, los dos, con algo que no abunda en la élite: un vínculo de juego que transmite disfrute, invención, placer compartido.

Un arranque de “Classic Barclays”

El norte de Londres ofrecía una tarde engañosa: cielo limpio, aire fresco, incluso algo de frío para ser inicio de temporada. El duelo Arsenal-Coventry desprendía un aroma clásico, casi retro, de fútbol inglés de toda la vida.

En la banda, Frank Lampard y Mikel Arteta parecían coordinados hasta en el vestuario: pantalón negro, jersey negro de cuello cerrado, zapatillas negras con suela blanca. Dos técnicos con el mismo uniforme, como si fueran el equipo de avanzada de un extraño torneo corporativo.

El primer golpe llegó temprano, en el minuto 15, con una acción de tres toques de alta gama. Christos Tzolis recuperó la pelota con una entrada limpia a Milan van Ewijk junto a la banda derecha y la cedió a Riccardo Calafiori. El central condujo y filtró un pase raso, duro, tenso, cruzando la frontal del área por un pasillo mínimo hasta encontrar a Kai Havertz.

La definición fue puro lujo. Un zurdazo de volea, de primeras, tan relajado que uno casi podía imaginar a Havertz rematando con unas zapatillas de estar por casa, de cuero fino.

Rice acelera, Ødegaard engrasa

A partir de ahí, Coventry se vio arrollado. No fue solo cuestión de talento; fue cuestión de velocidad de ejecución, de engranajes. Se toparon con algo más rápido, más pulido, mejor sincronizado de lo que muchos de sus jugadores habrán enfrentado nunca.

El 2-0 llegó poco después. La jugada llevó la firma compartida de Declan Rice y Ødegaard. El mediocentro rompió líneas con una conducción agresiva, vertical, que descolocó al bloque visitante. El noruego, siempre en segundo plano, metió ese pase corto, casi invisible, que abre el ángulo justo para que la pelota salga hacia banda y llegue el centro definitivo.

Ahí está el oficio de Ødegaard: el pase que precede al pase decisivo, el toque que no se verá en los resúmenes, pero que engrasó toda la secuencia. El WD-40 del fútbol de Arsenal.

El campeón ha empezado la defensa del título sin estridencias, pero con un mensaje muy claro: el plan no es solo volver a ganar. El plan es hacerlo con menos sufrimiento, más control y con su capitán otra vez al mando de la orquesta. Si este es solo el modo demo, ¿hasta dónde puede llegar la versión completa?