Argentina vuelve a la final del Mundial tras remontar a Inglaterra
Puede que haya que revisar los cimientos del Mercedes-Benz Stadium. Cuando el cabezazo de Lautaro Martínez en el minuto 92 perforó la red de Jordan Pickford, el rugido albiceleste pareció sacudir las vigas del techo. Argentina volvió a hacerlo: está otra vez en una final del Mundial, esta vez tras un 2-1 agónico, remontando a Inglaterra en una semifinal que se jugó al límite de todo.
Lionel Messi, con 39 años y una vigencia que desafía la lógica, volvió a ser el eje del drama. Primero, habilitó el misil de Enzo Fernández en el 85’, el gol que encendió la rebelión. Después, sirvió el centro preciso para que Lautaro cerrara la noche. Pero reducir esta batalla a otro capítulo de la leyenda de Messi sería simplificarla demasiado. El relato verdadero estuvo en la guerra abierta que se libró sobre el césped.
El apellido que reabrió viejas heridas
Para Inglaterra, ver el apellido “Simeone” en la planilla inicial fue como un déjà vu traumático. El recuerdo de Saint-Étienne 98, de Diego Simeone y la expulsión de David Beckham, volvió de golpe, con toda su carga emocional. Esta vez no era el técnico del Atlético de Madrid, sino su hijo de 23 años, Giuliano, el que aparecía como titular inesperado. Un golpe psicológico antes incluso del pitazo inicial.
La apuesta no fue solo simbólica. El partido se convirtió en un campo de combate físico. Enzo Fernández, Alexis Mac Allister, Leandro Paredes, Nicolás Tagliafico: todos entraron en la refriega, todos se lanzaron a una presión asfixiante, de ritmo frenético. Pero Giuliano jugó en otra frecuencia. Parecía un sabueso desatado, oliendo cada pelota suelta, persiguiendo cada mínimo rebote.
En la derecha, formó una sociedad incansable con Nahuel Molina, mientras su compañero en Atlético, Julián Álvarez, tiraba los desmarques por delante. Entre los tres, estiraron la cancha y hundieron al sector izquierdo inglés, obligándolo a retroceder, casi a refugiarse.
Simeone hijo jugó como si le hubieran comprimido años de espera en 70 minutos. Tres años después de una fractura de pierna que pudo haber frenado su carrera, se movió como un futbolista que había esperado toda su vida esta guerra en particular. Su energía contagió al resto; para Inglaterra fue un fastidio permanente.
Ese despliegue tuvo un efecto directo: liberó a Messi. Cada carrera de Giuliano, cada presión, cada recuperación, era un segundo más para que el capitán eligiera dónde hacer daño.
Golpe inglés y giro de timón
El partido cambió de tono cuando Anthony Gordon adelantó a Inglaterra en el minuto 55. Con el 1-0, el equipo de Thomas Tuchel bajó la persiana. Línea baja, bloque compacto, cada metro defendido como oro. Argentina chocó, insistió y por un momento dio la sensación de que el plan de desgaste había llegado a su límite.
Scaloni leyó el momento. Cuando Giuliano Simeone se vació por completo, lo reemplazó en el 73’. Se fue con cuatro recuperaciones de balón, segunda mejor cifra del equipo en la noche. Se fue ovacionado. En su lugar entró Rodrigo De Paul, el hombre que había construido su carácter de guerrero precisamente bajo las órdenes de Diego Simeone, antes de marcharse a Inter Miami para compartir vestuario con Messi.
El relevo tuvo una carga casi poética. El soldado de la vieja guardia entraba por el nuevo recluta que le había quitado el puesto de inicio. Y De Paul honró la escena: en un rato corto de juego igualó esas cuatro recuperaciones y rozó la asistencia con un disparo enroscado que pudo ser gol. La apuesta táctica cobró aún más sentido.
La presión terminó por romper el dique. Enzo Fernández clavó el empate con un derechazo furioso desde la frontal en el 85’, un disparo que no solo igualó el marcador, sino que cambió el aire del estadio. Inglaterra, que había intentado aguantar, empezó a tambalear.
Y entonces llegó el desenlace. Messi, una vez más dueño del tiempo, encontró el espacio para levantar la cabeza y dibujar el centro. Lautaro Martínez atacó el área como un nueve clásico y su cabezazo cruzado, en el 92’, desató el delirio. El ruido fue ensordecedor. La imagen, brutal: camisetas celestes y blancas saltando, abrazadas, mientras los ingleses se quedaban clavados, incrédulos.
Rivalidad eterna, héroe inesperado
Argentina volvió de entre los muertos. Pero esta vez no lo hizo especulando ni esperando un destello aislado. Lo logró con una propuesta feroz, sin levantar el pie del acelerador ni un segundo.
Todo esto, además, en el marco de una de las rivalidades más enconadas del deporte mundial. Argentina e Inglaterra arrastran una tensión que va mucho más allá del fútbol, alimentada por el conflicto político por las Islas Malvinas desde la guerra de 1982 y que aún hoy sigue latente. Cada cruce entre ambas selecciones arrastra esa historia, esa herida que nunca termina de cerrar.
Messi acaparará portadas, como casi siempre. Enzo y Lautaro se quedarán con los titulares de los goles. Pero en la trastienda de este triunfo, en la memoria emocional del hincha, quedará otro nombre grabado: Giuliano Simeone. Corrió hasta el límite, peleó cada balón, sostuvo el plan en los minutos más pesados y puso su apellido, otra vez, en el centro de un capítulo feroz de esta rivalidad.
En Atlanta, Argentina selló otra final del mundo. Y en el medio de la noche, entre gritos y banderas, un joven de 23 años dio el salto definitivo: de promesa trabajadora a pieza de culto en la mitología albiceleste.




