Antoine Griezmann y su adiós al Atleti: Última oportunidad en la Champions
Antoine Griezmann se marcha. Casi 500 partidos, más de 200 goles, dos etapas y una huella que se confunde con la historia reciente del Atlético de Madrid. Este verano, el francés pondrá punto final a su etapa rojiblanca para cruzar el Atlántico y unirse a Orlando City en la Major League Soccer. Antes, aún le queda una cuenta pendiente: la UEFA Champions League.
Con 96 apariciones en la máxima competición europea con la camiseta del Atleti, el delantero de 35 años tiene asegurados al menos dos partidos más. Tres, si el equipo de Diego Simeone supera al Arsenal en una semifinal que se presenta como una cita con el pasado, con el presente y con una herida que lleva demasiado tiempo abierta.
De La Real al Metropolitano: una segunda casa inesperada
Griezmann conoce la Champions desde 2013, cuando la pisó por primera vez con la camiseta de la Real Sociedad. Llegó a San Sebastián siendo un adolescente, con 14 años, en un momento delicado de su vida. Allí creció, debutó con el primer equipo en 2009 y se convirtió en símbolo antes de tomar una decisión que le rompió el corazón: fichar por el Atlético en 2014.
“Me abrieron las puertas en un momento difícil cuando tenía 14 años”, recuerda sobre la Real. “Dije que cuando me fuera de La Real no sentiría lo mismo por ningún otro club”.
Parecía una promesa íntima. Hasta que apareció el Atleti.
Lo que encontró en el Manzanares le descolocó. Una conexión inmediata. Un sentimiento que no esperaba repetir.
“Cuando llegué, sentí lo mismo por segunda vez”, admite. “La palabra sería algo mucho más allá del amor. Amor por los colores del club, por el escudo, y amor por el fútbol, porque los aficionados aman el fútbol, y amor por el trabajo duro. Creo que por eso conecté tan rápido con el club y su gente”.
Impacto inmediato y una final que aún duele
El vínculo fue rápido. El impacto, brutal. En su primera temporada liguera con el Atlético, Griezmann firmó 22 goles en Liga, empatado con Neymar como tercer máximo anotador del campeonato. Levantó una Supercopa de España y alcanzó los cuartos de final de la Champions.
La siguiente campaña elevó todavía más el listón. Fue elegido mejor jugador de la Liga española y terminó tercero en el Balón de Oro 2016. En Europa, rozó la gloria como nunca antes. Disputó los 13 partidos de aquella edición de la Champions y marcó siete goles para llevar al Atleti hasta la final de Milán.
Allí se encontró con el destino vestido de blanco. Empate 1-1 ante el Real Madrid, prórroga, penaltis… y la sensación de que todo pudo cambiar en un solo instante: el penalti que Griezmann estrelló en el larguero en el minuto 48.
“No es algo en lo que piense cada día, pero cuando hablamos de la Champions con amigos o compañeros, ese momento siempre aparece: 2016, el penalti”, admite. El recuerdo no se borra. Pesa. Quema.
Esa espina sigue clavada, pero el francés ha decidido convertirla en gasolina. “Lo curaría todo. Sanaría una herida muy profunda. La única manera de superarlo sería ganarla este año”, confiesa sobre la posibilidad de levantar la Champions con el Atleti una década después de aquella noche en San Siro.
Simeone y Griezmann: una sociedad total
En esa búsqueda de redención aparece otra historia de largo recorrido: su relación con Diego Simeone. El argentino lleva en el banquillo rojiblanco desde 2011 y ha estado presente en cada paso de Griezmann con la camiseta colchonera.
Simeone recibió en 2014 a un atacante eléctrico, vertical, y lo fue puliendo hasta convertirlo en un futbolista total. Lo acompañó en su salida a Barcelona en 2019 y lo volvió a moldear tras su regreso en 2021, primero cedido, luego ya de nuevo como bandera del proyecto, adaptando su juego a una versión más madura, más cerebral, igual de determinante.
“Creo que al final él me lo ha dado todo y yo le he dado todo”, resume el francés. “Disfruto y he disfrutado teniéndolo. Sé que más allá de mi carrera tendré un amigo en él, un exentrenador, y siempre estaremos muy unidos”.
Juntos levantaron la UEFA Europa League y la UEFA Super Cup en 2018. Les falta el gran título que se les escapó en 2016. Esa es la misión compartida antes de que sus caminos se separen en verano.
Un genio menos vistoso, igual de decisivo
Lejos de apagarse, la influencia de Griezmann sigue siendo decisiva en los planes de Simeone. En los últimos cuatro partidos de la fase eliminatoria de la Champions ha compartido ataque con Julián Álvarez, formando una dupla que mezcla el instinto del argentino con la inteligencia del francés.
Su asistencia ante el Tottenham en octavos fue una muestra perfecta del Griezmann actual: menos fuegos artificiales, más precisión quirúrgica. Un toque, dos toques, la pausa justa para que el compañero aparezca en el momento exacto.
“Creo que prefiero una buena asistencia antes que quedarme solo ante el portero”, admite. “Soy más un jugador de uno o dos toques, no muy vistoso, pero intento crear tiempo para mis compañeros y sorprender al rival. Eso fue lo que pasó contra el Tottenham”.
Ese es el Griezmann que encara la recta final de su etapa en el Atlético: menos obsesionado con la foto del gol, más preocupado por que el equipo respire, por encontrar la grieta, por hacer mejores a los que le rodean.
Le espera Orlando. Le espera una nueva liga, un nuevo continente, otra vida. Antes, sin embargo, le espera algo mucho más poderoso: la oportunidad de cerrar el círculo donde más le ha dolido siempre, en la Champions, con el escudo del Atleti en el pecho y la herida de 2016 todavía abierta. ¿Habrá mejor forma de despedirse que intentar curarla de una vez por todas?




