Alavés y Mallorca: Duelo por la Permanencia en La Liga
En el Mendizorrotza, Alavés y Mallorca se midieron en un duelo directo por la permanencia que terminó inclinándose 2‑1 para los vitorianos. Fue una tarde de La Liga marcada por el vértigo de la zona baja: Heading into this game, Alavés llegaba 16.º con 36 puntos y un balance total de 38 goles a favor y 49 en contra (diferencia de goles de -11), mientras que Mallorca aparecía justo detrás, 17.º con 35 puntos y 41 goles marcados por 51 encajados (GD -10). El 5‑3‑2 de Quique Sánchez Flores se enfrentaba al 4‑3‑1‑2 de Martin Demichelis en la jornada 32, con la sensación clara de que el que se equivocara menos daría un paso gigante hacia la salvación.
El contexto estadístico explicaba mucho del guion. En total esta campaña, Alavés había mostrado un perfil de bloque compacto, con solo 1.2 goles a favor por partido y 1.5 en contra, pero con un Mendizorrotza que empujaba: At home promediaba 1.3 goles marcados y 1.2 encajados, con 6 victorias, 6 empates y solo 4 derrotas en 16 partidos. Mallorca, en cambio, vivía una dualidad extrema: muy fiable en Son Moix, pero frágil lejos de casa. On their travels solo había ganado 1 de 16 salidas, con 14 goles a favor (0.9 por encuentro) y 31 en contra (1.9 de media), un dato que pesaba como una losa al pisar Vitoria-Gasteiz.
Las ausencias reforzaban la narrativa de urgencia. Alavés afrontaba el choque sin F. Garcés, suspendido, y sin C. Protesoni por lesión muscular, dos bajas que limitaban rotaciones en la retaguardia y el mediocampo. Mallorca llegaba aún más mermado: L. Bergström, M. Joseph, M. Kumbulla, Z. Luvumbo, A. Raíllo y J. Salas estaban fuera por diversas lesiones, lo que obligaba a Demichelis a tirar de fondo de armario en la línea defensiva y a confiar en que la estructura colectiva sostuviera la zaga.
Sobre el césped, el dibujo de Alavés fue una declaración de intenciones. Con A. Sivera bajo palos, una línea de cinco formada por A. Rebbach, Víctor Parada, N. Tenaglia, Jonny Otto y A. Pérez, el equipo local se blindó por dentro y por fuera, buscando que la densidad central protegiera la frontal ante la amenaza de V. Muriqi. Por delante, el trío de centrocampistas P. Ibáñez, A. Blanco y Carles Aleñá debía equilibrar la balanza: salida limpia, ayudas laterales y, sobre todo, sostener las transiciones. Arriba, Toni Martínez y Lucas Boyé formaban una dupla de trabajo y gol que encajaba perfectamente con la identidad del equipo.
Mallorca respondió con un 4‑3‑1‑2 que mezclaba músculo y talento. L. Román en portería, línea de cuatro con Pablo Maffeo, D. López, M. Valjent y J. Mojica, un mediocampo de trabajo con Samú Costa, O. Mascarell y Sergi Darder, y por delante P. Torre como enganche, conectando con el doble ‘9’ formado por V. Muriqi y J. Virgili. Era un plan diseñado para proteger el carril central y explotar las bandas con las subidas de Maffeo y Mojica, mientras Darder y Torre trataban de filtrar balones al kosovar.
El reparto de minutos y picos de rendimiento de la temporada se reflejó en el guion del partido. En total este curso, Alavés concentra el 27.78% de sus goles entre el 76’ y el 90’, una auténtica oleada final, mientras que Mallorca sufre atrás justo en ese tramo: el 28.57% de sus goles encajados llega también del 76’ al 90’. Ese cruce de tendencias se convirtió en el gran eje táctico del duelo: cuanto más se acercaba el tramo final, más se inclinaba el campo hacia el área de L. Román, y más nervios aparecían en la zaga visitante.
El otro gran cruce de caminos estaba en el arranque de los segundos tiempos. Alavés concede el 21.57% de sus goles entre el 46’ y el 60’, una franja delicada para su sistema, mientras que Mallorca, aunque solo marca el 6.98% de sus tantos en ese tramo, acostumbra a reajustar bien tras el descanso. No era extraño que los visitantes buscaran un golpe rápido tras el paso por vestuarios, tratando de explotar cualquier desajuste de la línea de cinco de Quique Sánchez Flores.
En el apartado disciplinario, ambos llegaban con antecedentes de alta intensidad. Alavés reparte sus amarillas, pero vive una auténtica escalada en los últimos minutos: el 20.99% de sus tarjetas llega entre el 76’ y el 90’ y otro 17.28% en tiempo añadido, síntoma de un equipo que defiende al límite cuando protege marcadores cortos. Mallorca, por su parte, concentra el 21.92% de sus amarillas entre el 46’ y el 60’ y un 16.44% en añadido, lo que habla de un bloque que sufre en el arranque de la segunda parte y en los desenlaces, justo cuando el físico y la tensión pesan más.
En ese contexto, los duelos individuales marcaron la diferencia. En el rol de “Hunter vs Shield”, V. Muriqi llegaba como uno de los grandes artilleros de La Liga: 21 goles totales en 32 apariciones, con 79 tiros y 42 a puerta. Un ‘9’ que no solo finaliza, sino que fija centrales, gana duelos (205 de 396) y baja balones para la segunda línea. Frente a él, el entramado defensivo de Alavés, con Víctor Parada como referencia: un lateral/central con 9 disparos bloqueados esta temporada, capaz de corregir hacia dentro y de sostener duelos (76 ganados de 152). Cada centro lateral hacia Muriqi se convirtió en un combate aéreo, cada balón dividido en una prueba de carácter.
En el otro área, el foco estaba en la dupla Toni Martínez‑Lucas Boyé. Entre ambos suman 22 goles totales en La Liga, con perfiles complementarios: Toni, más vertical y con 69 disparos, y Boyé, más asociativo, con 25 pases clave y 3 penaltis convertidos. Su misión era castigar la fragilidad de un Mallorca que, en total, encaja 1.5 goles por partido y que on their travels ha recibido 31 tantos en 16 salidas. Cada transición de Alavés buscaba aislar a Boyé entre líneas y lanzar a Toni al espacio, especialmente a la espalda de los laterales.
En la “sala de máquinas”, el duelo fue feroz. Por un lado, Samú Costa, corazón competitivo de Mallorca: 55 entradas, 13 bloqueos, 22 intercepciones y 9 amarillas totales, un mediocentro que vive al borde del límite reglamentario pero que sostiene al equipo en los duelos (193 ganados de 376). Frente a él, la combinación de A. Blanco y P. Ibáñez, encargados de dar continuidad a la posesión y de evitar que Darder y P. Torre recibieran cómodos entre líneas. Cada balón dividido en la medular era una pequeña batalla por el control territorial.
Desde la pizarra, el partido también se leyó en clave de variantes. Alavés ha utilizado hasta seis sistemas distintos en la temporada, con el 4‑4‑2 como base (16 veces) pero cada vez más cómodo con la línea de cinco (5‑3‑2 en 3 partidos). Esa flexibilidad permitió a Quique Sánchez Flores ajustar alturas de los carrileros y densidad interior según el momento del choque. Mallorca, en cambio, vive más anclado a su 4‑2‑3‑1 (19 partidos), y el paso al 4‑3‑1‑2 en Vitoria fue una apuesta clara por juntar a Muriqi con un segundo punta, sacrificando algo de amplitud para ganar presencia en área.
Desde la óptica de los Expected Goals, el pronóstico previo se inclinaba hacia un partido de marcador corto, dominado por el miedo al error. Ambos equipos promedian en total 1.2 goles a favor y 1.5 en contra, con muchos encuentros por debajo de 2.5 tantos (Alavés solo ha superado esa línea en 3 de 33 partidos; Mallorca en 5 de 33). La diferencia, al final, estaba en el colmillo de los hombres de arriba y en la gestión de los minutos calientes. Con un Alavés acostumbrado a golpear tarde y un Mallorca que se descompone en los finales, el 2‑1 local en Mendizorrotza no fue solo un resultado: fue la cristalización de una temporada entera condensada en 90 minutos.




