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La vida de Jamie Vardy: de la oscuridad a la gloria en Netflix

La primera frase golpea como una entrada a destiempo: “Un animal bruto, enjaulado, bebiendo, de fiesta y peleando”. Así arranca la nueva película de Netflix sobre la vida de Jamie Vardy. El propio delantero, hoy con 39 años y en la élite italiana con Cremonense, utiliza un exabrupto todavía más duro para definirse en el documental.

Su historia, sin embargo, no es solo oscuridad. También es el viejo cuento del descastado que se cuela en la fiesta de los elegidos, del héroe improbable que llega desde abajo y ahora intenta, casi a regañadientes, poner en orden su pasado. Lo hace frente a un grupo de periodistas en la sede de Netflix en Londres, con su esposa Rebekah sentada al fondo, silenciosa, atenta, reaccionando a cada pregunta y a cada respuesta.

“No tengo tiempo para reflexionar, siendo sincero”, suelta Vardy tras el primer pase de la cinta de la serie Untold en Reino Unido. “En cuanto termina la temporada, solo quiero olvidarme del fútbol. Necesito olvidarlo mentalmente todo y volver a un lugar normal”.

Del descenso en Italia al desgaste total

Vardy sabía perfectamente dónde se metía cuando eligió Cremonense en verano por delante de Feyenoord. Firmó por un equipo condenado a pelear por la permanencia. Y ahí sigue: en zona de descenso, con tres partidos por jugar.

“Físicamente y mentalmente, el fútbol es un asesino”, admite. “Es un machaque constante para el cuerpo y la cabeza, así que lo único que quiero es olvidarlo por completo”.

No es una queja. Él mismo se encarga de aclararlo: “Por supuesto que lo amo. Si no lo siguiera amando, no seguiría jugando”. Pero cuando le preguntan si repetiría el viaje, no duda: “Si me pidieras hacerlo todo otra vez, no lo haría”.

No extraña la respuesta. De la octava categoría con Stocksbridge Park Steels a ganar la Premier League y convertirse en internacional con Inglaterra en Leicester City. El trayecto ha sido tan brillante como agotador.

De niño, Sheffield Wednesday lo soltó por “demasiado pequeño”. El documental rescata imágenes de un Vardy letal en Stocksbridge, marcando goles mientras trabajaba en una fábrica de férulas médicas. Y, de pronto, 2007.

Tornos, pulseras electrónicas y un 6 de la tarde que lo cambiaba todo

“Sin estabilidad”. Así define Vardy aquel momento. Una condena por agresión en una noche de copas le dejó seis meses con tobillera electrónica y un toque de queda a las 18:00. Tenía que abandonar los partidos antes del final para llegar a casa a tiempo.

Llegaron los pasos a Halifax Town —donde conoce a su agente de siempre, John Morris— y después a Fleetwood Town, antes del traspaso de un millón de libras a un Leicester que entonces aún era de Championship.

Entre tanto, aparece “The Inbetweeners”, el pequeño grupo de amigos de Sheffield que lo acompaña en cada caída y cada ascenso. Solo hombres, de confianza absoluta. “Si alguno tiene un problema, lo suelta en el grupo. Igual se lleva unos palos, pero al menos estamos pendientes unos de otros”, explica Vardy.

Los necesitaría. Andy King, excentrocampista del Leicester campeón, habla de “choque cultural” en los primeros meses del delantero en el club. Vardy reconoce que al principio se sentía “no lo bastante bueno”.

Vodka de Skittles y la frontera del abismo

El fisioterapeuta Dave Rennie respalda los relatos sobre sus problemas con el alcohol. La presión del traspaso no ayudó. Vardy llegó a preparar en casa su propio vodka de Skittles. Se presentaba a entrenar con resaca. Una vez, ni siquiera contestaba el teléfono a Rebekah, embarazada entonces, que no sabía dónde estaba.

La sensación en el club era clara: estaba a punto de tirar su carrera por la borda. Pero apareció una buena psicóloga, la paciencia de Nigel Pearson en el banquillo y, sobre todo, el nacimiento de su hija Ella. Tocaba crecer o desaparecer.

La fama, sin embargo, traería otra oleada de golpes. En 2015, un vídeo publicado por un tabloide dominical lo mostraba usando un insulto racial contra un hombre japonés en un casino. Años después lo define como “una curva de aprendizaje enorme”, y explica que nunca le habían enseñado qué términos eran inaceptables.

La película también se detiene en “una de las cosas más duras” que vivió: un viaje relámpago desde una concentración de equipo en Helsinki al enterarse de que un tabloide iba a publicar una historia sobre su padre biológico, del que no sabía absolutamente nada.

De villano de tabloide a rostro de un milagro

Pese a todo, Vardy se convirtió en el rostro del Leicester campeón de la Premier 2015-16 y en su máximo goleador. Más tarde levantaría la FA Cup y cumpliría la predicción que su agente le lanzó cuando firmó por Halifax: algún día jugaría con Inglaterra.

¿Pudo dar más con la selección tras retirarse en 2018? “Posiblemente. Nunca lo sabremos”, concede. Y luego abre una ventana incómoda al interior de las concentraciones.

“Seré honesto, ir con Inglaterra es increíble, quieres jugar por tu país, pero la parte mental era dura. Eso cambió cuando llegó Gareth Southgate, pero antes estabas todo el día encerrado en la habitación. Entrenabas y vuelta al cuarto del hotel, tirándote de los pelos. Solo puedes pasar cierto tiempo con la PlayStation o hablando con los niños por videollamada. Ya llevas tiempo sin verles y de repente te vuelven a arrancar de ellos otras dos semanas. Es duro.

“En ese momento, después del Mundial, solo quería proteger las piernas lo máximo posible, alargar mi carrera en clubes, y como sigo jugando ahora, fue la decisión correcta”.

Mira todavía muchos partidos de Leicester. “Veo tantos como puedo físicamente y no es agradable”, confiesa, después de haber regresado al estadio el mes pasado, antes del descenso del club a League One.

Rebekah, los niños y un futuro en blanco

¿Qué viene ahora? ¿Banquillo, despacho, pizarra? Vardy cierra la puerta sin rodeos. “¿Entrenador? No. No lo he pensado realmente. No he mirado tan lejos”.

Desde una pequeña sala de cine, Rebekah escucha eso y no se muerde la lengua: define su falta de planificación como “exasperante”. En la película no se menciona de forma directa la célebre guerra en redes con Coleen Rooney, bautizada como ‘Wagatha Christie’, pero ella aparece de forma constante, acompañando a un Vardy que intenta pulir su imagen y su carácter.

Tras la proyección, se queda hablando con periodistas, preguntando por opiniones sinceras sobre la cinta. En pantalla, Vardy se muestra volcado con sus hijos. “Los criamos lo más normal posible”, explica. “Necesitan tener una vida en casa, ser niños y disfrutar, pero también hacer lo que yo no hice: trabajar duro en el colegio”.

Ese enfoque de vivir al día es el que todavía le sostiene en la Serie A con Cremonense y el que puede llevarlo a jugar más allá de los 40. “Me levanto por la mañana, entreno y vuelvo a hacerlo. Lo mismo en los días de partido”, resume. “Doy todo lo que puedo. Sigo amando el fútbol o no estaría haciendo lo que hago”.

Al final, alguien le lanza la pregunta inevitable: ¿podrá otro futbolista de categorías regionales repetir su hazaña?

“Creo que, por suerte, yo era un poco un bicho raro”, responde. “No creo que vuelva a pasar, pero me pasó a mí y fue fruto del trabajo duro. Fue realmente duro, pero valió la pena”.

En un fútbol que cada vez fabrica más productos de academia que historias de calle, la suya deja una duda incómoda: ¿queda sitio para otro “bicho raro” como Vardy en la cima del juego?