Unai Emery y su búsqueda de la Supercopa
Unai Emery domina la Europa League como nadie. Cinco títulos, el último con un Aston Villa que en mayo rompió en Estambul una sequía de 30 años sin levantar un trofeo, lo sostienen como referencia absoluta en esa competición. Pero hay una copa que se le resiste con una obstinación casi personal: la Supercopa.
En Salzburgo, en el Red Bull Arena, el técnico vasco encara su cuarta oportunidad. Frente a él, nada menos que Paris Saint-Germain, vigente bicampeón de la Champions League y uno de sus antiguos clubes. En juego, mucho más que un trofeo veraniego.
Una cuenta pendiente
Emery ha probado ya el sabor amargo de esta final. Perdió con Sevilla ante Real Madrid y Barcelona, dos equipos impulsados por Cristiano Ronaldo y Lionel Messi en plenitud, y volvió a caer con Villarreal frente a Chelsea en los penaltis en Dublín en 2021. Entre medias, Sevilla también cedió ante el Real Madrid de Carlo Ancelotti en 2016, cuando Emery ya había salido rumbo a París.
La secuencia es clara: tres finales, tres derrotas, todas ante gigantes. Ahora, con 6.000 aficionados de Aston Villa desplazados a Austria, aparece una cuarta bala. Y esta vez, el rival es su exequipo.
Emery no lo disimula. Lo vive como una oportunidad real, no como un trámite de agosto. Lo dejó entrever al recordar, con una media sonrisa, cómo John McGinn le mencionaba días atrás aquella derrota ante Chelsea con Villarreal. El capitán sabe tocar la fibra de su entrenador. Y Emery, perfeccionista hasta la obsesión, no se conforma con haber devuelto a Villa a la élite europea. Quiere cerrar cuentas.
La pasada temporada ya lanzó otro reto: acabar tercero en la Premier League, una meta que el club no alcanzó pese a un curso sobresaliente. Terminar cuarto no fue un fracaso, pero no era lo que él se había marcado. Con la Supercopa sucede algo parecido. Para muchos, un título menor. Para Emery, un examen más de su obra.
¿Partido amistoso o título real?
La comparación con el Community Shield del domingo entre Arsenal y Manchester City es inevitable: un gran escenario, dos campeones, ambiente de gala… y la eterna duda sobre cuánto importa. Pero ni en Villa ni en PSG lo afrontan como un simple escaparate.
Emery lo resumió con claridad: para un profesional, jugar por trofeos es el objetivo. El técnico quiere medir la capacidad de su equipo ante un PSG que parte como favorito, pero al que ya puso contra las cuerdas hace apenas 484 días.
En el lado francés, el discurso es igual de ambicioso. Vitinha, cuatro veces campeón de Ligue 1, rechaza la idea de que la Supercopa sea un premio de consolación. Admite que la pretemporada ha sido “un poco corta”, pero insiste en que el hambre de victorias sigue intacta. Mantener ese nivel, reconoce, es “muy difícil”, pero el vestuario no se cansa de ganar.
Marquinhos va en la misma línea. El capitán subraya que los títulos recientes no hacen “más fácil” nada. Habla de obstáculos, de la necesidad de seguir sumando trofeos, de una plantilla que ha trabajado para llegar en las mejores condiciones. Incluso el detalle menor —el enfado del club por el tamaño del vestuario asignado en el Red Bull Arena y la solución de la UEFA habilitando uno adicional— refleja la exigencia con la que viaja el campeón de Europa.
El eco de aquel cuarto de final
El duelo del miércoles reabre una herida reciente. Villa y PSG se vieron las caras en los cuartos de final de la Champions 2024-25. El guion de aquella eliminatoria quedó grabado tanto en Birmingham como en París.
PSG golpeó primero en el Parc des Princes y se llevó un 3-1 que parecía encarrilar la serie. En la vuelta, en Villa Park, el conjunto francés se puso 2-0 y se vio 5-1 arriba en el global. Parecía sentencia. Entonces, el equipo de Emery desató una reacción feroz.
Villa remontó hasta el 3-2 en la noche, rozó una hazaña que habría sacudido Europa y terminó eliminado por un ajustado 5-4 global. Aquella noche dejó una certeza: el club de Birmingham ya no era un invitado exótico en la Champions, sino un competidor capaz de pelear con los mejores.
En París no lo han olvidado. Vitinha lo reconoció al recordar lo “difícil” que fue, sobre todo la segunda parte en Inglaterra. PSG se declara preparado, pero muy consciente del peligro.
Un Aston Villa irreconocible… y el mismo núcleo
Lo llamativo es que, apenas año y medio después, el Aston Villa que salte al césped de Salzburgo tendrá un aspecto muy distinto al de aquella eliminatoria. Morgan Rogers, Lucas Digne y Youri Tielemans ya han salido del club. Amadou Onana no volverá hasta el próximo año por lesión. Boubacar Kamara entra en la convocatoria, pero llega justo tras una grave lesión de rodilla sufrida en enero.
A la lista se suma un golpe importante: Emi Martínez, Ezri Konsa y Ollie Watkins no han viajado. Tras el Mundial, Emery les ha concedido un mes de descanso. El resultado es contundente: apenas cuatro de los titulares que se midieron a PSG hace 18 meses podrían repetir en Austria. Cinco suplentes de aquella noche tampoco forman ya parte de la plantilla.
Para un equipo que se había caracterizado por su continuidad bajo Emery, la transformación es profunda. Sin embargo, McGinn lanza un mensaje de calma y ambición. Recuerda que en sus ocho años en el club ha visto de todo, y que ahora, cuando Villa ficha al mejor talento joven inglés y sus jugadores brillan al máximo nivel, el interés de otros clubes es inevitable.
La respuesta, sostiene el capitán, está en la estructura: normas claras, estándares altos y una idea de juego que no se negocia. Habla del “nuevo Aston Villa” con entusiasmo, pero se aferra al mismo corazón competitivo: mismo entrenador, mismos métodos, el mismo deseo de ir más allá. Hace no tanto, muchos pensaban que el techo del equipo ya se había alcanzado. El vestuario se encargó de desmentirlo.
Ahora, en Salzburgo, la historia le propone a Emery otro tipo de techo: el de una Supercopa que siempre se le ha escapado. Si el “rey” de la Europa League quiere completar su palmarés continental, no encontrará mejor escenario que una noche grande ante el campeón de Europa y frente a su propio pasado.




