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Real Madrid y la necesidad de un centrocampista: el caso de Thiago Pitarch

El Real Madrid pasó todo el mercado con una duda clavada en la cabeza: ¿hacía falta otro centrocampista? El propio club lo reconoció cuando tanteó el fichaje de Rodri. La operación se cayó, no hubo giro de guion de última hora y en el Bernabéu decidieron tirar con lo que había… y con un Bernardo Silva cada vez menos mediapunta de fantasía y más centrocampista de trabajo, muy lejos del rol que tuvo en el City.

La temporada oficial ya ha arrancado y, según adelantó el diario AS, los viejos problemas han reaparecido sin disimulo. El ejemplo más crudo llegó ante el Inter: el Madrid apenas logró sujetar el partido en ningún tramo. El equipo se partió, el balón quemaba y el ritmo lo marcó siempre el rival.

Fede Valverde lo reconoció después. Contó que José Mourinho había insistido desde el banquillo en bajar pulsaciones, en dormir el juego con posesiones largas. No ocurrió. El plan se quedó en teoría. El equipo no encontró un centrocampista capaz de agarrar el balón, mandar y enfriar la tormenta.

Ese agujero no es nuevo. Viene de la temporada pasada, cuando Álvaro Arbeloa tuvo que improvisar una solución inesperada. El técnico tiró de un nombre que casi nadie tenía en la quiniela: Thiago Pitarch. Entonces todavía pertenecía al Castilla, pero empezó a aparecer con regularidad en el primer equipo. No fue relleno: superó los 800 minutos, fue titular en los dos partidos contra el City en octavos de la Champions y también en la ida de cuartos frente al Bayern.

Un salto enorme. Y de golpe.

Este curso, en cambio, su papel se ha vuelto difuso. Sobre la mesa estuvo la opción de salir, pero una lesión al inicio de la pretemporada frenó cualquier movimiento. Sin ritmo, sin escaparate y sin huecos en la lista, Pitarch se quedó. Figura inscrito con el filial, pero mantiene estatus de jugador del primer equipo y un contrato nuevo que lo certifica. El papel dice una cosa. La realidad le exige otra mucho más complicada: jugar.

El problema es el espacio. Mourinho se aferra a un 4-2-3-1 que encierra a Pitarch en el doble pivote, la zona más cara del equipo. Ahí se mide con Valverde, Tchouaméni, Camavinga y Bernardo Silva. Cinco hombres para dos puestos. Sobre el papel, Thiago arranca quinto en la cola.

Su baza es otra. Lo que enseñó el curso pasado: personalidad, descaro y una facilidad poco común para no encogerse con la camiseta del Madrid. No se arrugó en noches grandes, ni en eliminatorias de Champions, ni con la lupa encima.

La lesión, sin embargo, le ha sacado del radar competitivo de Mourinho. El técnico apenas ha podido contar con él en plenitud, pero no se ha olvidado de lo que ya vio. Lo dejó claro con una frase que en Valdebebas se ha repetido más de una vez: Thiago no es futbolista de Castilla, es jugador de primer equipo. Y le gusta. Mucho.

Mourinho insiste en que, cuando esté al cien por cien, formará parte del grupo y los minutos llegarán, porque calidad le sobra. No es una promesa vacía. Es un aviso: el entrenador cree que puede encajar, pero solo si responde a un requisito innegociable para él.

El portugués quiere a Pitarch más afilado físicamente, capaz de competir a la altura de la exigencia que marca su idea de juego, sobre todo sin balón. Se lo ha dicho a la cara, sin paños calientes. Le ha señalado las piernas y le ha lanzado el reto: hay que meter dos kilos de músculo ahí.

Nada de metáforas. Trabajo, gimnasio y paciencia.

Mientras el Madrid sigue buscando control en el centro del campo y la conversación gira una y otra vez en torno a si faltó un fichaje, Thiago Pitarch se prepara para su pelea más dura: ganarse un sitio en el lugar más caro del vestuario. Y demostrar que la solución que el club buscaba fuera ya la tenía dentro.