Neymar: De la despedida con Brasil al WSOP en Las Vegas
Neymar cambia el césped por el tapete: de despedida con Brasil a caída temprana en Las Vegas
En Las Vegas no suenan tambores, ni vuvuzelas, ni himnos. Suenan fichas. Y allí, en medio del murmullo espeso del 2026 World Series of Poker (WSOP), apareció Neymar. El brasileño dejó las botas en el vestuario y se sentó frente al mazo para disputar el prestigioso evento principal de 10.000 dólares.
No era una aventura improvisada. Un año antes, en 2025, había alcanzado la mesa final del mismo torneo, una incursión que encendió titulares y confirmó que lo suyo con el póker iba mucho más allá de un pasatiempo. Esta vez, sin embargo, la historia fue más corta. Demasiado corta. Eliminado en el Día 1, sin opción de remontada, sin épica posible.
La metáfora se escribe sola: otro adiós prematuro, apenas días después de que su verano con Brasil también se desmoronara antes de tiempo en Norteamérica.
Un adiós a la ‘Canarinha’ entre dolor y estadísticas descomunales
El viaje a Las Vegas llegó justo después de un punto de inflexión en su carrera. El 5 de julio, tras la derrota de Brasil por 2-1 ante Noruega en los octavos de final del Mundial 2026, Neymar anunció su retirada del fútbol internacional. Fin de una era.
Se cerraba así una trayectoria con la selección tan brillante como frustrante. Cuatro Copas del Mundo, un vestuario que lo vio crecer de promesa a líder, y un registro que lo coloca en lo más alto de la tabla de goleadores históricos de la Seleção: 80 goles en 129 partidos. Números de leyenda, sin discusión. Sensación de deuda pendiente, también.
Su último torneo con Brasil fue una carrera contra el reloj… y contra su propio cuerpo. Llegó al Mundial con una lesión en el gemelo derecho que condicionó todo. Apenas pudo disputar dos partidos, ambos entrando desde el banquillo, lejos del rol dominante que había asumido durante más de una década.
Su última huella con la camiseta amarilla fue un penalti en el tiempo añadido ante Noruega. Gol, sí, pero inútil. Un tanto de consuelo mientras Erling Haaland y los suyos avanzaban a cuartos y Brasil volvía a casa entre lamentos y debates.
El póker, refugio y combustible para la polémica
Que Neymar adore el póker no es ningún secreto. Lo dice su agenda, lo dicen sus redes, lo dicen las cámaras que lo siguieron hasta el WSOP. Lo dice, sobre todo, el ruido que genera cada vez que se sienta a una mesa.
Su relación con las cartas, sin embargo, no solo ha sido entretenimiento. También ha sido munición para sus críticos. A comienzos de este año, ya de vuelta en Santos, se le acusó de haber pasado casi 24 horas seguidas jugando póker online mientras estaba de baja y se perdía un partido de liga. El equipo coqueteaba con la zona baja de la Serie A y la imagen del ídolo conectado a una plataforma de juego mientras el club sufría encendió la discusión en Brasil.
La pregunta era directa: ¿dónde estaba su foco?
Neymar, fiel a su estilo, no se escondió. Explicó públicamente cómo gestiona su tiempo cuando no puede jugar: “Desafortunadamente, en estos últimos días, por gestión de carga, no he podido jugar, así que he tenido este tiempo para hacer lo que más me gusta, que es jugar un poco al póker, además del fútbol.”
Sin excusas, sin arrepentimiento. Para unos, sinceridad. Para otros, provocación.
Una carrera descomunal… y un legado en disputa
Detrás del ruido, los números siguen hablando por él. De Santos a Barcelona, de Paris Saint-Germain a Al-Hilal y regreso a Santos, Neymar ha acumulado 457 goles y 262 asistencias como profesional. Cifras que lo colocan en la élite histórica del fútbol moderno.
Con Brasil, su impacto fue igual de demoledor: 80 goles en 129 partidos, líder absoluto en la tabla de artilleros de la selección. Y, sin embargo, la conversación nunca se limita a sus registros. Siempre va más allá.
Para una parte de la afición y de la crítica, su pasión por el póker y su vida fuera del campo simbolizan una carrera que nunca terminó de exprimir todo su potencial por falta de una obsesión total por el balón. Un talento de época que, a diferencia de otros gigantes, repartió su energía entre el césped y otros escenarios.
Para otros, Neymar encarna algo distinto: un icono contemporáneo que se niega a vivir encorsetado, que se permite disfrutar y equivocarse a la vista de todos, que decide sus prioridades sin pedir permiso, incluso cuando el precio es una tormenta mediática permanente.
Ahora, con la selección ya en el retrovisor y el foco puesto en el tramo final de su carrera de clubes con Santos, el brasileño parece decidido a seguir ese guion. Jugar donde quiera, como quiera, y también sentarse a una mesa de póker en Las Vegas apenas unos días después de decir adiós a Brasil.
Su verano dejó dos imágenes: un penalti tardío que no cambió la historia de un Mundial y una eliminación temprana en el WSOP que cortó cualquier sueño de otra carrera profunda en el torneo. Dos finales sin final feliz.
La pregunta ya no es si Neymar tiene talento. Eso quedó resuelto hace años. La verdadera incógnita es cómo se escribirá el último capítulo: ¿como la redención de un genio que aún tiene algo que decir con la camiseta de Santos o como la crónica de una estrella que decidió, hasta el final, vivir la partida a su manera?




