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Mikel Arteta: El Entrenador con un Don Especial

Santi Cazorla se parte de risa cuando lo cuenta, pero el retrato es demoledor: Mikel Arteta es probablemente la peor persona del mundo para ver un partido en el sofá. O la mejor, si uno piensa en el entrenador en el que se ha convertido. Ahí, entre pausas de mando a distancia y rebobinados de 30 segundos, Cazorla entendió que su amigo no estaba viendo el mismo fútbol que los demás. Y que algún día acabaría dirigiéndolo.

“Cuando estábamos lesionados en el Arsenal, quedábamos en casa para ver los partidos y él cogía el mando y lo paraba”, recuerda Cazorla. “Yo le decía: ‘¿Pero qué paras?’. Y él: ‘No, no, vuelve atrás, vuelve atrás’. Rebobinaba y me preguntaba: ‘¿Qué ves?’. ‘Pues una imagen parada, no veo nada’”. Entonces empezaba la lección: ese jugador mal posicionado, ese espacio que se abre si el mediocentro baja dos metros, esa línea que debe estar más hundida. Cazorla miraba y pensaba: “¿Qué le pasa a este tío?”. Y se ríe. Pero lo resume en una frase: “Mikel lo tiene como un don”.

El niño distinto de Gipuzkoa

En Gipuzkoa, la provincia más pequeña de España y una fábrica casi inexplicable de entrenadores de élite, todos coinciden: Arteta siempre fue “un poco diferente”. No necesariamente el más talentoso, aunque talento había, sino el que tenía algo más, algo que se quedaba.

“Mikel te llamaba la atención muy joven”, explica Jon Ayerbe. “La palabra es vivo; se le veía en los ojos. Lo entendía todo rápido, tenía carácter y era muy competitivo. Le dabas el balón y encontraba una solución. Y era un año más pequeño que nosotros, eh”.

Álvaro Parra va más directo: “Sobre todo, era el más inteligente”. Mikel Yanguas añade: “Le mirabas y pensabas: ‘Joder, este tiene algo especial. Si llega uno, será él’. Tenía personalidad, ambición”. Los tres compartieron vestuario con Arteta en Antiguoko, ese club de formación de San Sebastián que se atrevía a desafiar a las canteras profesionales y ganaba.

Arteta era tan bueno al tenis que su padre le obligó a elegir deporte. En el fútbol, Roberto Montiel, uno de sus primeros entrenadores, aún saborea un gol suyo al Real Sociedad que le recuerda a Lionel Messi: descaro y técnica. Entonces era pequeño, dos piernas buenas, un 10 que con el tiempo mutaría en 4. “Un deportista nato”, resume Montiel.

También era decidido. “Siempre tuvo claro que iba a llegar y sacrificó su vida por eso”, dice Parra. “Se fue a Barcelona dejando todo. Y más tarde rechazó ofertas muy lucrativas de Dubai, Qatar o Estados Unidos para trabajar con Guardiola en el Man City porque era el paso correcto”.

La mirada del centrocampista

A los 14 años ya se entrenaba con Athletic Club, a 100 kilómetros por la autopista. Uno de sus técnicos allí fue José Luis Mendilibar, futuro entrenador de Athletic, Eibar, Sevilla y Olympiakos. Le impactó ese chico que nunca perdía el balón y siempre jugaba con claridad. “Lo que podías imaginar, pensándolo ahora, es que alguien con esa inteligencia y comprensión del juego desarrollara también la capacidad de explicarlo a los demás para que lo entendieran”, escribiría después.

Luis Fernández, el entrenador que se lo llevó al Paris Saint-Germain con 18 años, coincide: “Cuando le decías lo que querías, lo hacía a la primera”. No necesitaba repeticiones.

Antes de París, llegó Barcelona. El primer gran salto. “Era 1997”, recuerda Yanguas. “Nos vieron jugando con Gipuzkoa en un torneo de Semana Santa y nos invitaron a una prueba en Barcelona. Al final dijeron que sí a los tres: Mikel, Jon Álvarez y yo. Nos fuimos ese verano, el 17 de agosto, el día de las fiestas de San Sebastián. No se me olvida”.

Los tres entraron en La Masia, la masía de piedra junto al Camp Nou que era, a la vez, templo del club y residencia de 32 chicos de entre 11 y 18 años. Allí convivían Andrés Iniesta, Carles Puyol, Iván de la Peña. Pepe Reina se convertiría en uno de los grandes amigos de Arteta. Cuatro literas por dormitorio, alguna cama supletoria, y por la ventana, el campo donde entrenaba el equipo de Bobby Robson, medio tapado por una lona.

“Éramos nosotros, las cocineras, el de seguridad y un encargado de todo”, recuerda Roberto Trashorras, que se hizo muy cercano a Arteta. “Nada que ver con ahora. Nos lo gestionábamos nosotros. Como estábamos solos, nos cuidábamos entre todos. No había móviles. Recuerdo hacer cola a medianoche para llamar a casa desde la cabina, con Puyol y De la Peña delante. Éramos adolescentes: bromas, globos de agua. Mikel era gracioso, extrovertido, pero casi siempre las víctimas éramos nosotros… hasta que te haces mayor y te toca a ti”.

Un autobús los llevaba al colegio, que los padres elegían entre tres opciones. Entrenaban y, después, poco más, cuenta Yanguas. “Íbamos a El Corte Inglés; veníamos de San Sebastián, una ciudad pequeña, allí no teníamos uno. O al cine. Recuerdo ver Titanic con Mikel, Víctor Valdés, Fernando Macedo. Los fines de semana venían los padres”.

Yanguas reconoce que él no estaba preparado. Aquel equipo cadete fue campeón de España, pero volvió a casa al final del primer año. “Me costó. Viéndolo ahora, yo era introvertido. Mikel era distinto, estaba mejor preparado: más abierto, más adaptable, se relacionaba mejor. Igual por dentro sufría, pero lo que veíamos era alguien que lo llevaba muy bien. En el campo también: pedía la pelota. Entonces me parecía normal, pero ahora que entreno sé que no lo es. Nadie se ofrece, nadie la pide. Mikel lo hacía todo el rato: ‘Dámela a mí, yo lo arreglo’. Estaba rodeado de grandísimos jugadores y aun así tenía esa confianza”.

Carácter en La Masia

Jofre Mateu, dos años mayor, compartió vestuario con él en el filial y ya había debutado con el primer equipo. Tiene una anécdota grabada: “Mikel se reía de su pelo. Decía que tenía ‘pelo de toro’: durísimo y no se movía. Pero lo que más recuerdo es que un día cogió mi coche, estaba aprendiendo o acababa de sacarse el carnet, y lo estampó contra la pared de la Masia”.

Jofre se ríe: “Era una pared a tres metros. Imposible chocar. Imposible. Y va y me dice: ‘Nada, nada, tranquilo, no sé qué’. Apoya el brazo en la ventanilla, mira hacia atrás para aparcar, pero mete primera. ‘Mira, creo que necesitas más clases. A partir de ahora vas en taxi’. Mi coche tenía dos meses, un Golf”.

Cuando le preguntan si fue una temeridad dejarle las llaves, Jofre se declara “totalmente” culpable. Pero enseguida matiza: si algo definía a Arteta, era lo sensato que era. “No estaba allí para hacer el tonto, estaba para hacer las cosas bien. Era súper responsable, tenía algo”.

Hay otra escena que le define mejor. “Thiago Motta era muy calentón y un día en un entrenamiento se lió a hostias, que no era raro”, cuenta Jofre. “No recuerdo con quién, pero no era con Mikel. Y aun así se mete: ‘Thiago, tío, sois compañeros, esto no puede ser’. Lo recuerdo porque Mikel no tenía el ‘peso’ para hacer eso. Sería como si Marc Bernal se planta ahora delante de Gavi. No lo hizo de malas, pero lo hizo. Claro, firme. Y todos nos quedamos parados. En plan: ‘Olé tus huevos’. Decía mucho de él: no era la estrella, pero no iba a dejar que eso pasara”.

La Masia era también una revolución táctica. “Los que llegamos allí éramos los mejores de nuestros equipos, pero en Barcelona te obligan a pensar el fútbol y el espacio de una forma que no es normal”, explica Luis Carrión, compañero en el B. “En Antiguoko, Mikel tendría el balón siempre; aquí tenía que esperar, ocupar el espacio correcto. Estando quieto, encuentras la solución, la salida. Te explicaban conceptos –tercer hombre, triángulos, línea final– pero no eran ‘clases’, era repetir y repetir: rondos, pases, todos los días”.

Trashorras añade: “Mikel era un regateador, llegaba al área, pero aprendió a jugar a uno o dos toques, a no perder la posición. Una de las cosas que más me chocó al llegar fue que te decían: ‘No vayas a buscar el balón, el balón vendrá a ti’. ‘Ya, pero si está ahí, puedo…’. ‘No, no, no. No invadas el espacio de otro’. Cuesta adaptarse, pero Mikel era muy rápido. Es realmente distinto. Pffff, es casi una religión. Y cuando sales de ahí, también es distinto”.

El embudo del Barça y el mundo exterior

Arteta no se quedó en Barcelona por un motivo muy sencillo. O por dos: Xavi Hernández e Iniesta. Con ellos delante, el camino se estrechaba. Pero el fútbol le esperaba fuera, con paradas en cuatro países: España, Francia, Escocia y Inglaterra. Cada liga, una capa más de ideas y carácter.

“Cuando me hice entrenador del PSG pedí a Mikel porque lo había visto en el juvenil”, recuerda Luis Fernández. “Yo seguía las ideas de Johan Cruyff, la importancia del pivote, me encantaba Pep Guardiola y quería un jugador de ese perfil.

“En el campo se veía su inteligencia, su comprensión del juego y, claro, eso luego sale cuando eres entrenador. Tenía la actitud perfecta para entrenar: profesionalidad. Era responsable, escuchaba, aprendía y no tenías que repetírselo. Era un ejemplo para todos. Le admiro. Soy sensible y cuando le veo a él y a Gabi Heinze, su gran amigo en París, me hace muy feliz. Si me hubieras preguntado entonces si sería entrenador, te habría dicho que no. No era de ir diciendo: ‘Haz esto, haz lo otro’. Creo que eso lo desarrolló con Pep. Fui a verle dirigir una sesión y pensé: ‘Joder, mira a Mikel’. Pero siempre lo llevaba dentro”.

Solo necesitaba un canal para sacarlo.

“Era un chaval con personalidad: educado, muy profesional para su edad”, dice Carrión. “¿Entrenador? Nunca se sabe, pero veía mucho fútbol. Me lo crucé hace poco y estuvimos hablando de fútbol; siempre es fútbol”.

Con el tiempo, apunta Yanguas, uno aprende a expresar, entender y analizar los espacios que veía de forma natural. Y Arteta siempre los vio. La concentración y la pasión venían de serie.

Cuando le preguntan a Jofre si vio un futuro técnico en aquel mediocentro, responde sin rodeos: “Cero”. Y se ríe. “Pero si me preguntas por Xavi, también te habría dicho cero. Luis Enrique, cero. Guardiola… vale, con Pep sí. Pero éramos críos, adolescentes en La Masia, más pendientes del siguiente partido, de alguna chica o de dónde íbamos a salir el sábado”.

Trashorras asiente: “Con Pep se veía; con Mikel no puedo decir que lo viera, pero es imposible discutir lo que ha hecho”. Entre otras cosas, porque Guardiola sí lo vio. Y aquel chico que pausaba los partidos en el salón de casa ahora pausa, corrige y acelera a un gigante europeo desde la banda.

La diferencia es que hoy, cuando pregunta “¿Qué ves?”, ya no hay nadie que se atreva a responderle que solo ve una pantalla parada.