El triste capítulo final de Lionel Messi en un Mundial marcado por el anti-fútbol de Argentina
Mientras los jugadores de España celebraban con alegría tras el gol de Ferran Torres, Lionel Messi simplemente se agachó a acomodarse las medias. No era la expresión de ira que tantas veces hemos visto en estos años; más bien parecía un hombre agotado. Su tercer final de Mundial fue una lucha tediosa bajo el sol de Nueva Jersey.
En la prórroga del partido decisivo de 2026, la última jugada argentina relevante había sido el gol de Lautaro Martínez en semifinales contra Inglaterra. El mapa de toques de Messi mostraba una participación mínima, caminando y esforzándose al límite sin brillar. Quizá eso explique su retirada: cualquiera con dignidad querría mantenerse alejado del pobre nivel que mostró Argentina en esa derrota 1-0 en el MetLife Stadium, donde el equipo fue una verdadera vergüenza.
El encanto y la contradicción del fútbol argentino
El fútbol argentino siempre ha sido una mezcla de belleza y polémica, capaz de fascinar y provocar rechazo. Sus leyendas están tejidas con historias que definen todo lo que significa su estilo. Messi representa la culminación del fútbol más hermoso que se pueda imaginar. Pero los argentinos recuerdan que su versión del juego bello siempre estuvo arraigada en la cultura popular, desde los días dorados de River Plate en los 40 hasta la época gloriosa de Diego Maradona.
Un ejemplo icónico es el equipo campeón de la Copa América 1957, con figuras como Omar Corbatta y Humberto Maschio, quienes personificaron "la nuestra", ese estilo ofensivo y fluido. Pero también eran conocidos por su astucia y picardía, los llamados "sinvergüenzas" y "caras sucias" que no dudaban en usar trucos para ganar. El gol de la Mano de Dios de Maradona y su famoso Gol del Siglo sintetizan esa dualidad entre genialidad y trampa.
Los equipos más recordados de Argentina lograban combinar ambas caras: la elegancia y la dureza. Por ejemplo, Estudiantes dominó la Copa Libertadores con un estilo rudo a finales de los 60, enfrentándose luego con Manchester United y AC Milan en la Copa Intercontinental. Las dos Copas del Mundo ganadas por Argentina también reflejan esta división. Cesar Luis Menotti apostó por un fútbol expresivo en 1978, mientras Carlos Bilardo llevó al equipo a un pragmatismo extremo en 1986 y 1990, llegando a la final más gris y violenta, especialmente aquella derrota ante Alemania Occidental.
El ocaso amargo de una era brillante
Esta batalla constante entre la luz y la sombra define al fútbol argentino. Tras decepciones dolorosas, la década de 2020 llegó con la presión del tiempo sobre Messi. El entrenador Lionel Scaloni reconstruyó un equipo imperfecto pero eficaz, dándole espacio a Messi para brillar sin cargar todo el peso solo.
En Qatar 2022 hubo momentos de alegría entre la tensión, con jóvenes como Enzo Fernández y Julián Álvarez aportando energía, y Ángel Di María ayudando a su amigo a alcanzar la gloria. Messi deslumbró y Argentina ganó probablemente la mejor final de todos los tiempos frente a Francia.
Después, siguieron triunfos en la Copa América 2021 y 2024, y Messi volvió a maravillar con seis goles en la fase de grupos del Mundial 2026, incluyendo un hat-trick ante Argelia y actuaciones mágicas contra Cabo Verde y Egipto. Pero el camino se hizo más difícil frente a rivales europeos. Los partidos contra Suiza y luego Inglaterra fueron complicados y tensos, y en la final con España la estrategia cambió hacia un juego oscuro.
Una defensa agresiva y poco vistosa
La selección argentina decidió apostar por tácticas duras para frenar a España, que contaba con un equipo fresco y técnicamente superior. El árbitro Slavko Vincic permitió cierto grado de dureza: Alexis Mac Allister cometió una entrada fuerte sin ser amonestado, y luego Argentina presionó y protestó buscando aprovechar cualquier ventaja. Pero la falta de fútbol atractivo fue evidente; España les negó espacios y ellos dejaron de intentar realmente jugar.
Enzo Fernández fue expulsado por su actitud, y Leandro Paredes entró para controlar el medio campo, aunque terminó actuando como un jugador violento. La trifulca posterior al pitazo final, iniciada por Nahuel Molina, reflejó el malestar del equipo. Mientras tanto, Rodri de España se llevó el premio al mejor jugador, un galardón que tal vez debería haber sido para Messi.
A pesar de todo, Messi intentó un último esfuerzo. Dio un pase brillante a Pedri, provocó un córner y lanzó un disparo potente que recibió Mikel Merino en el rostro. Incluso trató de involucrarse en discusiones arbitrales, algo raro en él, como si no quedara otra opción.
Un final amargo para una carrera legendaria
Cuando España celebró, quedó claro que esta final no será recordada como un gran espectáculo. ¿Quién querría tener en mente a Messi participando en un equipo que intentó ganar por la vía del desgaste y la trampa? Eso no empaña su legado ni su carrera. Nada podría hacerlo ahora. Solo queda lamentar que este capítulo haya terminado así, arrastrándose en el barro con el mismo equipo que lo llevó a la cima del fútbol mundial.




