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John Heslin y el Renacer de Westmeath: Esperanza para 2027

John Heslin, el eterno competidor de Westmeath, mira a Mayo y ve algo más que una gesta histórica. Ve una puerta abierta.

Mientras el país aún habla del fin de los 75 años de espera de Mayo para levantar de nuevo la Sam Maguire, el delantero de 34 años saborea su propio 2026 con Westmeath y reconoce que el triunfo del equipo de Andy Moran ha encendido algo muy concreto en los vestuarios de los llamados “condados pequeños”.

“Te da esperanza”, vino a decir en RTÉ Radio 1, en el programa Inside Sport, sentado junto a Brendan Devenney y Ciarán Whelan. Esperanza real, no un eslogan. Mayo, después de décadas de golpes crueles, por fin campeón. Y, de golpe, todos los demás vuelven a mirar hacia arriba.

Heslin explicó que las palabras de su propio seleccionador, Mark McHugh, en The Sunday Game, le resonaron con fuerza: si Mayo puede romper su maldición, ¿por qué no Westmeath, por qué no cualquier otro? Para un jugador que vive del esfuerzo acumulado año tras año, esa chispa es oro puro. “El hambre sigue ahí”, subrayó. Y se le nota.

Porque, pese a los 34 años y a una retirada intercondal que se prolongó durante casi año y medio, Heslin no tiene intención de colgar las botas con Westmeath. Ni mucho menos. Entre risas, contó que sigue siendo “futbolista actual de Westmeath” y que, hace apenas unas semanas, compartió una ronda de golf con McHugh. El detalle que vale más que cualquier declaración: el entrenador no le sugirió que se retirara. “Así que, por ahora, sigo”, comentó con ironía. Un veterano que se resiste a dejar el escenario justo cuando el condado empieza a escribir capítulos nuevos.

Porque el año no fue solo de Mayo. Westmeath también levantó la cabeza en un campeonato que, por momentos, pareció escrito para las sorpresas. Con Heslin de regreso, el condado conquistó apenas su segundo título de Leinster de la historia, derrotando a Dublin en una final vibrante en Croke Park el pasado mayo. Un resultado que, por sí solo, habría sido suficiente para definir una temporada.

Sin embargo, cuando le pidieron elegir su partido del año, el de Mullingar se fue un poco más atrás. No a Croke Park. No a la final. A Tullamore.

Allí, en los cuartos de final, Westmeath firmó una de esas noches que marcan generaciones: un 4-18 a 0-25 ante un Meath muy favorito. Heslin lo vivió desde fuera, aún en su etapa de espectador, y confesó que cuando volvió a la plantilla sintió casi que “estaban sacando a un aficionado de la grada” para vestirlo de corto. Esa es la dimensión emocional de aquella victoria.

Habría sido fácil, reconoció, quedarse con el triunfo ante Dublin: solo la segunda vez que Westmeath alza el Leinster, y con un componente personal muy potente. Antes de regresar al panel, había dicho en una entrevista que sería “genial” que Westmeath lograra por fin tumbar a Dublin, aunque para jugadores de su generación, que vivieron la hegemonía dublinesa, tendría un punto agridulce no estar en el campo. Durante 14 temporadas, recordó, cada Leinster que jugó acabó en manos de Dublin. Volver justo a tiempo para formar parte del grupo que rompe esa racha no es un detalle menor.

Pero, aun así, decidió apartar ese recuerdo a un lado “para dar a los chicos todo el crédito que merecen” y eligió, con plena conciencia de su propia parcialidad, el Westmeath–Meath de Tullamore.

No fue un simple resultado. Fue un cambio de narrativa. Westmeath llegó como claro tapado, “severe underdogs”, frente a un Meath señalado, con razón, como uno de los grandes aspirantes al título de Leinster. El guion decía una cosa. El campo escribió otra.

Ese día, según Heslin, se vio condensado el espíritu de todo el campeonato y, en particular, la forma en que Mayo acabó conquistando la Sam Maguire. Los jóvenes de Westmeath estuvieron “irreales”. Descaro, frescura, cero complejo de inferioridad. Golpes directos a la mandíbula de un favorito que no esperaba tal avalancha.

Shane Corcoran firmó un golazo de los que se repiten una y otra vez en las conversaciones de bar. Matty Whittaker también marcó y sus actuaciones posteriores le valieron, con toda justicia, un sitio en el Sunday Game Team of the Year. Nombres que hace no tanto tiempo apenas sonaban fuera del condado, ahora colocados en el escaparate nacional.

Para Heslin, aquella tarde en Tullamore dejó algo más profundo que un marcador escandaloso. Dejó una sensación casi física: este equipo de Westmeath tiene algo especial. No es solo un buen año, no es solo una generación prometedora. Es la impresión de estar al principio de algo, no al final.

“Ese día vivirá mucho tiempo en mi memoria como aficionado de Westmeath”, admitió. Y luego matizó, con una media sonrisa que lo dice todo: “pero, claro, ahora también como jugador”.

Mientras Mayo celebra por fin el final de su larga espera, condados como Westmeath miran hacia 2027 con una mezcla peligrosa para cualquier rival: memoria reciente de grandes victorias, juventud que no conoce complejos y un veterano como Heslin que, lejos de despedirse, aún siente que queda camino por recorrer. La pregunta ya no es si pueden soñar. Es hasta dónde están dispuestos a llegar.