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Inglaterra y su nueva era con Tuchel en la Copa del Mundo

Inglaterra llega a su 17ª Copa del Mundo con una idea fija: dejar de rozar la gloria y por fin atraparla. Tras los años de Gareth Southgate, con finales y semifinales que devolvieron al equipo a la élite, la federación ha apostado por un técnico acostumbrado a noches grandes: Thomas Tuchel, campeón de Europa a nivel de clubes, aterriza para dar el último empujón.

La plantilla invita al optimismo. Es un grupo equilibrado, con futbolistas capaces de dominar con balón y de sobrevivir en partidos de máxima tensión. Ese equilibrio tiene un nombre propio: Declan Rice. El centrocampista encarna la mezcla de músculo, lectura táctica y personalidad que sostiene al equipo cuando el partido se parte o se vuelve espeso. Si Inglaterra quiere dar el salto definitivo, no puede permitirse el freno de mano emocional que tantas veces la ha lastrado en las grandes citas.

Arriba manda Harry Kane. El delantero del Bayern Munich se presenta como uno de los atacantes más determinantes del planeta esta temporada, máximo goleador histórico de su selección y con ocho tantos ya en fases finales mundialistas. Marca, asiste, fija centrales, baja a crear. Todo pasa por él. Con un técnico tan meticuloso como Tuchel y un goleador de este calibre, la exigencia ya no es competir. Es ganar.

Croacia: la vieja guardia se niega a despedirse

Croacia vuelve al escenario que la ha convertido en una selección de culto en los últimos ocho años. Séptima participación mundialista, pero con un peso específico que va mucho más allá del número: final en 2018, semifinales en la última edición. Siempre contra pronóstico. Siempre desafiando la lógica.

Zlatko Dalić sigue al mando. Y junto a él, el eterno Luka Modrić, símbolo de una generación que se resiste a bajar el telón. Esta vez el reto es aún más salvaje: repetir la hazaña con varios hombres clave superando ya su pico físico. Pero Croacia no vive del vértigo, vive del control. Su fútbol pausado, de posesiones largas y ritmo bajo, encaja bien con los climas abrasadores y los partidos que se deciden por detalles.

En la retaguardia, la figura que lo ordena todo es Joško Gvardiol. El defensa de Manchester City, uno de los mejores zagueros del último Mundial, vuelve tras superar una fractura de tibia. Si recupera su nivel, Croacia tendrá de nuevo ese central dominante que permite al equipo defender alto, corregir a campo abierto y sostener su apuesta por la paciencia. Puede que el factor sorpresa ya no exista, pero la incomodidad de enfrentarse a ellos sigue intacta.

Ghana: talento disperso en busca de estructura

Ghana afronta su quinta Copa del Mundo con una sensación conocida: sobra calidad, falta coherencia. El potencial está ahí, repartido por grandes ligas, pero el equipo rara vez alcanza la suma de sus partes. Los resultados recientes lo retratan con crudeza: cinco derrotas consecutivas en amistosos antes de cortar la sangría con un empate ante Gales.

Para enderezar el rumbo, la federación ha recurrido a un especialista en orden y competitividad: Carlos Queiroz. Su libreto es claro desde hace años. Bloque compacto, líneas juntas, prioridad absoluta a la solidez defensiva. Ghana, históricamente un equipo de ida y vuelta, deberá adaptarse a un plan más calculador. Y encima lo hará sin Mohammed Kudus, baja por lesión, lo que deja al combinado africano con menos chispa creativa entre líneas.

En ese contexto, gana peso la figura de Antoine Semenyo. El delantero de Manchester City viene de firmar 17 goles en la Premier League y de decidir la final de la FA Cup, pero su versión con la selección todavía no ha despegado: solo tres tantos en 34 partidos. Si logra trasladar su instinto goleador al escenario mundialista, Ghana puede pasar de equipo errático a amenaza real. Si no, el plan defensivo de Queiroz corre el riesgo de quedarse sin salida al frente.

Panamá: memoria de una goleada y un objetivo modesto

Panamá regresa al Mundial con una cicatriz muy concreta en la memoria: aquel 6-1 encajado ante Inglaterra en 2018, con Harry Kane firmando un doblete y la sensación de estar varios escalones por debajo del nivel exigido. Esa experiencia marca el discurso actual del equipo. Nadie quiere repetir un papel de mero sparring.

El combinado dirigido por Thomas Christiansen presenta esta vez un perfil algo más sólido. Los últimos resultados, sin ser brillantes, han sido respetables y explican un ranking FIFA llamativamente alto, el 33 del mundo. Pero cuando la ilusión empezaba a crecer, llegó un baño de realidad: 6-2 en un amistoso frente a Brasil. Un recordatorio de que, en la élite, cualquier desconexión se paga con goleadas.

Panamá no se engaña. Su techo inmediato no es soñar con cuartos de final ni con gestas históricas. Su reto es más humilde, pero no por ello menos intenso: sumar su primer punto en una Copa del Mundo. Un empate, una noche en la que el marcador aguante y el rival se desespere, bastaría para escribir una página distinta a la de 2018. Y, a veces, cambiar la historia de un país futbolero empieza precisamente por ahí.

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