Griezmann y la autocrítica tras el pase a semifinales
En el Metropolitano, la fiesta era total. En las gradas, al menos. Abajo, mientras los focos buscaban héroes y las bufandas ondeaban celebrando el pase a semifinales, Antoine Griezmann se marchaba con gesto serio, casi enfadado consigo mismo, tras una noche de alto voltaje ante el Barça.
El Atlético cayó 2-1 en la vuelta, resultado suficiente para avanzar por el marcador global, pero insuficiente para calmar la autocrítica del francés. No se escondió. Ni quiso hacerlo.
Griezmann, entre la clasificación y la culpa
Ante las cámaras de Movistar, Griezmann desnudó su partido con una franqueza poco habitual a ese nivel: estaba contento por el pase, sí, pero molesto por su participación en los goles encajados.
«Estoy muy feliz. Cometimos dos errores que en estos partidos se pagan enseguida. Yo perdí el balón en el segundo gol. Me coloqué mal para dar el pase», admitió el delantero, sin rodeos.
Su pérdida permitió al Barça recuperar vida, balón y fe en la remontada. El Metropolitano contuvo el aliento durante unos minutos. El Atlético se vio obligado a resistir, a sufrir más de la cuenta. Pero el golpe definitivo llegó del lado rojiblanco: un tanto de Ademola Lookman terminó de sellar el billete a semifinales y apagó el intento de reacción culé.
Griezmann, aun así, no maquilló sensaciones: «Luego, con nuestra afición y la calidad que tenemos, pudimos marcar. No estuvimos cómodos con el balón. Nos faltó la calma necesaria para hacer nuestro juego, pero, bueno, estamos en semifinales».
No son palabras de alguien que se conforme con pasar. Son las de un líder que sabe que, a este nivel, cada error se paga con sangre.
“Podemos ganar a cualquiera”
El Atlético espera ahora al ganador del duelo entre Arsenal y Sporting CP. Nombres pesados, contexto grande. A Griezmann, sin embargo, le preocupa otra cosa: el nivel de su propio equipo.
Para el francés, el rival es secundario si el Atlético mantiene la fiereza defensiva y elimina los fallos que casi reabren la eliminatoria ante el Barça. «No importa contra quién juguemos mientras estemos bien hasta el final», lanzó. Y añadió, con respeto por lo vivido: «Ha sido una eliminatoria muy bonita y difícil contra un gran equipo que juega muy bien. Nos ha costado mucho, pero estamos dentro».
La frase resume el espíritu de la noche: alivio por el pase, advertencia implícita de que, si el Atlético quiere tocar techo en Europa, no puede regalar nada.
Simeone, rendido a su “genio”
Mientras Griezmann se fustigaba en público, Diego Simeone eligió otro enfoque. El técnico no permitió que la autocrítica del francés tapara lo que significa para la historia reciente del club.
«Es un genio», sentenció Simeone, sin matices, sobre un jugador que se marchará este verano a Orlando City, en la MLS. «Con el tiempo nos daremos cuenta de que hemos tenido aquí a un genio del fútbol, un jugador que marca la diferencia, con experiencia y personalidad. Ojalá Dios y el destino le den lo que busca en el tiempo que le queda con nosotros».
No es un elogio cualquiera. Es casi una despedida anticipada. Un reconocimiento público a un futbolista que ha cargado con la responsabilidad en las grandes noches, que ha soportado críticas y que, aun así, sigue exigiéndose más que nadie.
Del infierno europeo a otra final
El Atlético no tiene margen para recrearse en la gesta. El calendario aprieta. Este sábado le espera la final de Copa del Rey frente a la Real Sociedad, el antiguo hogar de Griezmann. Un partido con carga emocional y desgaste asegurado.
El francés, consciente del esfuerzo que dejó la batalla de Champions, ya mira al siguiente reto: «También estamos pensando ya en el sábado. Va a ser un partido bonito pero difícil. Ahora toca descansar», subrayó.
El cuerpo pide pausa; la temporada, todo lo contrario. Griezmann, que ya tiene estatus de leyenda en Madrid, afronta sus últimos meses en España con una obsesión clara: levantar todos los títulos posibles antes de cruzar el Atlántico y empezar su aventura norteamericana.
Se va un genio, dice Simeone. Él, en cambio, no quiere irse todavía. No sin dejar, al menos, otro trofeo más en las vitrinas del Metropolitano.




