La experiencia de la USMNT en el Mundial de Qatar
La noche antes del debut contra Gales, en un salón de hotel en Doha, Gregg Berhalter pidió silencio. Colocó a los 26 jugadores en círculo y, antes de hablar de tácticas o de balón parado, les habló de historia. De números.
A cada uno le asignó uno.
“Me dijo: ‘Este es tu número, es el número de jugador que eres representando a Estados Unidos en un Mundial’”, recuerda Walker Zimmerman. “El mío era el 152. El jugador 152 en jugar un Mundial con Estados Unidos”.
Zimmerman se fue a la habitación, vio la camiseta y el número estampado en la espalda. Ciento cincuenta y dos. Nada más. En más de nueve décadas de Mundiales, solo 151 hombres antes que él habían estado allí. Si lo reduces a centrales, a titulares, la lista se encoge aún más. De golpe, la dimensión del privilegio se hizo real.
Ese era el tono de aquel grupo. Tyler Adams, Christian Pulisic y Weston McKennie no solo compartían vestuario: llevaban años compartiendo selecciones juveniles y cicatrices. Tim Weah, Josh Sargent, Sergiño Dest… casi todos llegaban a Qatar con un pasado común. No eran solo compañeros. Eran coautores de la misma historia.
“Esos son los mejores recuerdos”, dice Adams. “Jugar profesional es increíble, pero mis recuerdos con Weston de cuando éramos niños siempre van a valer más. Es el viaje hasta llegar ahí, más que el lugar en el que estás ahora”.
Un Mundial a cámara rápida
Cuando la pelota echó a rodar, el romanticismo dejó paso a la velocidad. No hubo concentración larga ni amistosos de rodaje. Los jugadores aterrizaron desde sus clubes y, casi sin aclimatarse, se vieron sumergidos en el torneo más intenso de sus vidas.
“Todo pasa muy rápido”, admite Tim Ream. El formato comprimido, los partidos a las 22:00, los horarios cambiados: desayunos al mediodía, almuerzos a media tarde, entrenamientos nocturnos. El cuerpo descolocado. La mente, también.
Algunos intentaron frenar el reloj como pudieron. Sargent tiró de coach mental, respiraciones profundas, gratitud consciente. Otros simplemente se dejaron arrastrar por la corriente. Tres partidos de grupo en ocho días: Gales, Inglaterra, Irán. Entrenamientos, recuperación, noches largas, la burbuja del Mundial.
“Visto ahora”, dice Haji Wright, “el Mundial fue como un delirio febril. Pasó volando”.
Ni siquiera hacía falta jugar para sentirlo. Joe Scally no disputó un solo minuto, pero desde el banquillo entendió la magnitud.
“Un Mundial es un Mundial”, resume. “No hay nada mejor en el deporte. Estar allí fue increíble, aunque diferente para mí. Te enciende algo por dentro. Ves a tus compañeros salir, el himno, el estadio lleno, todo el mundo mirando. Quieres estar ahí dentro desesperadamente”.
Tres goles para entrar en la historia
Antes de Qatar, solo 22 estadounidenses sabían lo que era marcar en un Mundial. Tres más se sumaron a ese club en 2022. Tres historias distintas. Tres sensaciones opuestas.
El primero fue Tim Weah. Ante Gales, en el estreno, apareció el pase de Pulisic y la carrera perfecta. Definición limpia, balón a la red. Gol que anunciaba el regreso de la USMNT al gran escenario.
Weah llevaba años soñándolo.
“Antes del Mundial soñaba con marcar”, cuenta. “Siempre imaginaba ese momento, cómo se sentiría, cómo lo celebraría. Que se hiciera realidad fue increíble. Jugar el Mundial ya era un sueño cumplido, pero marcar… fue una sensación brutal”.
Después llegó Pulisic. Ante Irán, con todo en juego, Estados Unidos necesitaba ganar para avanzar. El partido arrastraba tensión política, ruido externo, presión interna. Pulisic atacó un centro, remató, vio cómo el balón cruzaba la línea… y se estrelló contra el portero Alireza Beiranvand. Lesión de pelvis. Dolor. Hospital.
No hubo vuelta al campo, ni vuelta olímpica, ni foto icónica de celebración. Solo una videollamada al vestuario mientras sus compañeros cerraban el pase a octavos.
“Hubiera sido un momento enorme”, reconoció en 2024. “Me habría encantado celebrarlo con el equipo, pero no lo cambiaría. Pasó como tenía que pasar. Lo celebré tumbado en la portería. Ojalá tenga muchos más momentos grandes. No pienso en una celebración icónica; pienso en ganar torneos. Eso es de lo que la gente hablará”.
El tercer goleador fue Haji Wright. Su tanto, un toque extraño que se coló en la portería neerlandesa en octavos, dio un hilo de esperanza en la noche más dura. El marcador final, 3-1 para Países Bajos, convirtió esa alegría en algo ambiguo, casi incómodo.
“Fue una locura”, recuerda. “Cuando entró sentí que el partido podía cambiar, que tendríamos otra ocasión. Pero no fue así. Después del pitido final estás destrozado. Es tu sueño de toda la vida y te eliminan. Ser goleador mundialista es increíble, pero te quedas con lo que vino después, con las emociones. Eso es lo que recuerdo”.
Con el tiempo, los tres han ganado perspectiva. Las redes sociales han congelado sus goles en clips eternos, repeticiones, reacciones desde Estados Unidos. En el momento, ninguno fue plenamente consciente de lo que significaban. La urgencia del torneo, la necesidad de pasar ronda, lo tapaba todo.
“Veíamos las reacciones en internet”, cuenta Weah. “Buscábamos en Twitter, veíamos a la gente en casa celebrando. Te das cuenta del impacto que tienes, de lo que representas”.
La otra cara del Mundial: silencio, pasillos y billar
Los goles se repiten en los resúmenes. Las verdaderas memorias, sin embargo, se construyeron lejos de las cámaras.
DeAndre Yedlin, único superviviente del Mundial 2014, lo sabía. Después de cada partido reunía a varios compañeros y volvía al césped vacío. Sin prensa, sin ruido, solo un puñado de jugadores mirando las gradas y respirando.
“En un Mundial todo se multiplica por diez”, explicaba en 2024. “Siempre hay una cámara, una opinión, un juicio. Encontrar momentos de paz es clave. Al final, por muy fuerte que suene, estamos entreteniendo a la gente. Eso puede inspirar, dar esperanza, pero seguimos siendo figuras diminutas en algo mucho más grande”.
Muchos buscaron esos espacios. Algunos se alejaron del teléfono. Otros trataron de grabar cada detalle en la memoria.
“Intenté estar lo menos posible con el móvil y vivir el momento con los chicos”, dice Sargent. “Siento que recuerdo cada detalle”.
Ream, en cambio, conserva flashes. “Estaba tan concentrado que era como ir con visión de túnel. Hay muchas cosas que se borran”.
Qatar, eso sí, dejó huellas imposibles de olvidar. La llamada a la oración marcando el ritmo de Doha. Los zocos antiguos junto a estadios relucientes. Una ciudad entera girando alrededor del torneo.
“Disfruté cada segundo”, asegura Matt Turner. “Era una cultura completamente nueva para mí. La llamada a la oración me parecía algo muy pacífico, un momento en el que todo el mundo estaba con su fe. Estábamos en un lugar extranjero, pero con nuestra burbuja de equipo, construida desde la clasificación. Fue especial”.
Sergiño Dest se escapaba a la azotea del hotel para escuchar la vida de la ciudad.
“Estaba viviendo el momento”, recuerda. “Me sentaba, bebía agua y miraba a la gente disfrutar. Banderas, pantallas, ruido. Pensaba: ‘Esto es’. Abría la ventana del balcón y escuchaba el sonido de la vida. Es lo que más echo de menos”.
Dentro del hotel, la banda sonora era otra: partidos en la televisión, risas, música, ping-pong, billar, videojuegos, noches de cine. La Players’ Lounge se convirtió en el corazón del Mundial para la USMNT.
Alojados en The Pearl, en el Marsa Malaz Kempinski, sin necesidad de cambiar de sede, los jugadores hicieron de aquel hotel una casa. Tanto, que Yunus Musah regresó al verano siguiente solo para revivir sensaciones.
“Todo era un déjà vu”, contó en 2025. “El olor, la habitación, las vistas. Caminaba por los pasillos y sentía que estaba otra vez en el Mundial. Para mí fue la mejor experiencia de mi vida”.
La sala de jugadores es el lugar al que todos vuelven cuando hablan de Qatar. Allí se estrecharon lazos que ya parecían sólidos.
“Teníamos tanto tiempo libre juntos que nos permitió conectar de verdad”, explica Adams. “Gregg le dio un valor especial a la camaradería. Sentí que me acerqué aún más a gente con la que ya estaba muy unido. En esos días solo haces eso: convivir”.
La convivencia también era competición. Si no había partido en la tele, tocaba película. Si no había sesión de vídeo, aparecía una mesa de ping-pong o un taco de billar.
“Sean Johnson y DeAndre Yedlin tenían una forma rarísima de jugar al billar”, se ríe Zimmerman. “Casi ni golpeaban la bola, solo intentaban que el otro fallara. Te quedas con eso, con los ratos fuera del campo”.
Cristian Roldan apenas pisaba su habitación.
“Quería estar siempre con los chicos en la lounge”, dice. “No dar nada por sentado. Entrenar, estar con ellos, ver a mi familia disfrutar. Eso era todo”.
Porque el Mundial no lo juegan solo los 26. Lo juegan también quienes los llevaron hasta allí.
Zimmerman lo sintió con fuerza antes de enfrentarse a Gales. Mientras sonaba el himno, buscó con la mirada la grada donde se concentraban las familias de los jugadores. Madres, padres, hermanos, parejas, hijos. Historias enteras comprimidas en un sector del estadio.
“Todas nuestras historias están ligadas a lo que ese grupo de gente hizo por nosotros”, dice. “Los sacrificios que hicieron para que pudiéramos estar ahí. Verlos tan orgullosos fue un momento especial”.
En los ratos libres, cuando las familias podían visitar el hotel, muchos jugadores encontraron sus pocos minutos de calma real.
“Eran los únicos momentos en los que podías sentarte y respirar”, reconoce Ream. “Pensar: ‘Voy a guardar esta imagen para siempre’. Mi mujer, mis hijos y yo, todos juntos en ese lugar”.
Ese cruce de vidas también unió a las familias entre sí. Padres que se conocían de vista pasaron a compartir comidas, nervios y celebraciones. El grupo se hizo más grande.
“Fue una experiencia que nos acercó a todos”, resume Weah. “Ya éramos muy unidos, pero compartir ese tiempo con las familias, con sus historias, fue increíble. Es algo que recordarás incluso cuando seas viejo y canoso”.
Roldan, ahora padre de una niña de casi dos años, ha encontrado en esa imagen una nueva motivación.
“Quiero que me vea jugar un Mundial”, confiesa. “Que no solo me vea en el banquillo, sino en el campo. Eso me empuja a seguir”.
El Mundial visto desde fuera… y desde la herida
No todos vivieron Qatar desde dentro del césped o del vestuario. Sebastian Berhalter lo hizo desde la grada, como hijo. Un aficionado más, pero con el apellido del seleccionador.
“Fue la única vez que me sentí como un ultra”, bromea. “Ver a tu padre dirigir contra algunas de las mejores selecciones del mundo es algo que no olvidas”.
No todas las historias familiares fueron sencillas. Y no todos los recuerdos de 2022 son dulces.
Gio Reyna llegó lesionado, con un rol reducido que no encajaba con sus expectativas. El desencaje emocional derivó en uno de los episodios más turbulentos de la historia reciente de la USMNT: minutos contados, dudas sobre su actitud en los entrenamientos y, después del torneo, la denuncia de la familia Reyna a U.S. Soccer sobre un episodio de violencia doméstica de décadas atrás que implicaba a Gregg Berhalter.
El caso estalló fuera del campo y dejó cicatrices. Con el tiempo, las partes han intentado seguir adelante. Berhalter volvió en 2023 y salió tras la Copa América 2024. Mauricio Pochettino tomó el relevo. Reyna sigue en la órbita de la selección. Y mira hacia 2026 con otra mirada.
“Éramos muy jóvenes e inexpertos”, ha admitido. “Nos tocó una Holanda más hecha, más lista. Aprendí muchísimo. Ahora sé que se trata de hacer lo que sea por el equipo. Representas a todo un país, y este Mundial es en casa. Sería un sueño estar ahí”.
Su Mundial fue distinto. Más áspero. Una prueba de madurez. Una lección de que el torneo más grande no solo premia, también expone.
Y no fue el único que salió con cuentas pendientes. Algunos ni siquiera pisaron el campo. Otros no llegaron a subir al avión.
Miles Robinson tenía billete casi asegurado. Pieza clave en la clasificación, perfil de titular. Una rotura de Aquiles en mayo de 2022 lo borró de la lista. Cuando empezó el Mundial, tuvo que decidir: esconderse del dolor o vivirlo a su manera. Eligió lo segundo.
“Yo estaba en la calle viendo esa mierda”, contó con una sonrisa. “De fiesta, animando a mis chicos. Quería sentir esa energía real”.
Chris Richards no tuvo tiempo de procesar nada. Una lesión muscular con Crystal Palace, a pocas semanas de la lista definitiva, lo dejó fuera por centímetros. Rehabilitación en Londres, compañeros brillando en Qatar por televisión.
“Estaba feliz por ellos, pero para mí fue muy solitario”, admite. “No quería saber nada de fútbol. Sentía que me habían arrancado un sueño justo antes”.
Mark McKenzie, en cambio, se quedó fuera por decisión técnica. Estaba sano. Se sentía preparado. Eso dolió aún más.
“Me destrozó”, reconoce. “Estaba tan cerca… Es un puñetazo en el estómago. Pero también te pone la vida en perspectiva. Me di cuenta de que quizá había puesto tanto en ese objetivo que me olvidé de quién era y de las cosas pequeñas que debía mejorar”.
De Qatar a 2026: del prólogo al escenario principal
Desde entonces, el paisaje ha cambiado. Berhalter ya no está. Pochettino es quien elegirá a los 26 que vivirán el próximo verano una experiencia que marcará al fútbol estadounidense. Porque el Mundial de 2026 no será uno más: será el de casa.
Los veteranos de 2022 saben lo que significa. Lo entendieron de verdad al volver. Tyler Adams lo notó en las calles de Nueva York.
“De repente la gente sabía quién era”, cuenta. “En una ciudad donde nunca pensé que me reconocerían. Tenía mi primer hijo en camino, estaba equilibrando mi vida personal y profesional. Todo cambió”.
Ahora, la presión será distinta. No se trata solo de competir. Se trata de hacerlo con el país entero mirando desde el salón de casa, desde el bar de la esquina, desde la grada de un estadio propio.
“Es una sensación increíble, pero también una responsabilidad”, admite Weston McKennie. “Queremos que la gente vea que hay un camino. No será igual que el mío o el de Christian o el de Chris Richards, pero la clave es creer en uno mismo y apostar por uno mismo siempre”.
En las próximas semanas, 26 nombres se sumarán a la lista de mundialistas estadounidenses. Algunos repetirán. Otros debutarán. Unos serán protagonistas. Otros no jugarán un solo minuto. Todos, sin excepción, quedarán unidos para siempre.
Así funciona un Mundial.
Para los de Qatar, aquel invierno ya no es solo un torneo. Es un punto de inflexión vital. Para unos fue el pico de una carrera. Para otros, el inicio de una obsesión.
“Entiendo cuando la gente dice que es emocionalmente agotador”, confiesa Wright. “Cuando se acabó, sentí que el fútbol me había cambiado. Ahora estás persiguiendo ese mismo sentimiento. Y es muy difícil encontrarlo fuera de un Mundial”.
Matt Turner asiente, desde la distancia.
“Tuve experiencias increíbles”, dice. “Por eso necesito volver. Porque quiero sentirlo otra vez”.




