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Drama tardío en St James' Park: Newcastle 2-2 Liverpool

El cuarto árbitro acababa de levantar el cartel: cinco minutos de añadido en St James' Park.

En la banda, Matthias Jaissle se volvió casi una figura desatada. Brazos arriba y abajo, gestos frenéticos, una orden silenciosa convertida en rugido: una última embestida. La grada entendió el mensaje al instante. “Sing your hearts out for the lads”, tronó el estadio.

Newcastle United mandaba 2-1 ante Liverpool, pero nadie en el viejo coliseo necesitaba que le recordaran el historial de este duelo. Este partido vive enamorado del drama tardío. Siempre deja algo para el final.

Cómo olvidar aquel 4-3 en Anfield en 1996, el zurdazo postrero de Stan Collymore, y a Kevin Keegan desplomado sobre las vallas publicitarias, abatido y legendario a la vez. Ese recuerdo flotaba en el aire en una noche en la que ambos clubes se unieron precisamente para celebrar la figura icónica de Keegan.

Tal vez por eso los silbidos de la afición local alcanzaron un volumen ensordecedor cuando Liverpool lanzó su último ataque. El balón llegó a Victor Munoz, que encaró dentro del área y cayó derribado por un agotado Lewis Hall. Penalti. St James’ Park contuvo la respiración.

Jaissle reaccionó como si le hubieran arrancado el alma: se arrancó la americana con rabia, convencido de que la decisión de Stuart Attwell había sido “blanda”. Esa sensación de injusticia marcó también su mensaje posterior al vestuario, después de que Dominik Szoboszlai transformara la pena máxima para sellar el 2-2 y asestar otro golpe tardío, tan familiar en esta rivalidad.

“No puedo repetir todo porque me metería en problemas y quizá tenga que pagar alguna multa”, admitió el técnico en rueda de prensa, tras una larga pausa. “Pero, en general, les dije que estoy muy orgulloso de lo que vi en los 90 minutos. Este es un punto de partida realmente alto”.

Lo fue. Y, sobre todo, fue un arranque fiel al espíritu de Keegan: un encuentro cambiante, emocional, de ida y vuelta.

Una noche hecha a medida de Keegan

En el palco de directores, la familia del mito y varios de sus viejos soldados —Alan Shearer, Rob Lee, Tino Asprilla— observaban la escena. Abajo, la grada se convertía en un mural vivo. El grupo Wor Flags desplegó una coreografía gigantesca que cubrió cada asiento, coronada por una pancarta en el Gallowgate End con un mensaje que parecía escrito para este momento.

“Quiero que la gente sueñe con su club de fútbol”, se leía. “Deberían. Todos deberíamos ser soñadores de corazón. Algunos son lo contrario y dicen: ‘No podemos hacer eso’. Pero cuando les preguntas por qué, no pueden dar una razón. Bueno, yo digo: ‘¿Por qué no?’”.

Aquellas palabras, pronunciadas por Keegan en otra era, siguen encajando en el Newcastle actual.

En los últimos 12 meses, el club ha perdido a pilares como Alexander Isak, Anthony Gordon, Sandro Tonali y Bruno Guimarães. Eddie Howe ya no está en el banquillo. Se habla de refuerzos, pero todas las incorporaciones de este verano comparten un perfil: menores de 24 años y sin experiencia previa en la Premier League. El propio Jaissle nunca había dirigido en la élite inglesa.

Era el caldo de cultivo perfecto para el escepticismo. Varios analistas apuntaron a un inicio de curso cuesta arriba. Jaissle sabía que había quien no creía que “pudiéramos jugar un buen papel en la Premier League”. Dan Burn, capitán lesionado, también lo ha repetido: Newcastle rinde mejor cuando siente que es “nosotros contra el mundo”.

Ante Liverpool, el equipo se alimentó de esa narrativa. Y del regreso de Isak, cuya sola presencia en la lista encendió todavía más a la grada.

“Si tienes esa sinergia entre los aficionados y luego los jugadores rinden en el campo, se puede crear algo especial”, subrayó Jaissle.

Intensidad, jóvenes y cuentas pendientes

Desde el inicio se intuyó qué quiere ser este Newcastle: ritmo alto, rupturas al espacio, agresividad, solidaridad, un punto de rebeldía. Pocas camisetas simbolizaron tanto ese plan como la de Amar Dedic. El lateral había cerrado su fichaje desde Benfica por 30 millones de libras el martes. Debutó el domingo como si llevara meses en Tyneside.

Pero no solo brillaron las caras nuevas. También aparecieron nombres del verano pasado que venían de un primer año complicado. Anthony Elanga abrió el marcador con un disparo ajustado al palo, una definición limpia, de delantero que se siente importante. Más tarde, Yoane Wissa, otro de los señalados para dar un paso al frente, asistió a Joe Willock en el segundo tanto y dejó una actuación que fue mucho más que una estadística.

Wissa, delantero, ganó 11 duelos, más que ningún otro jugador del Newcastle sobre el césped. Un dato que retrata su noche.

“El míster espera que sea un líder y que lidere al grupo”, explicó el atacante de 29 años a Sky Sports. “Quiere que gane balones, que me asegure de que todos van hacia adelante, a matar el partido, y que a veces esté tranquilo”.

Jaissle aplaudió con fuerza su actuación. Aunque no pudo evitar remarcar que también tuvo la oportunidad de “matar el partido” y poner el 3-1. Esa frase dolió, porque tocó una herida abierta.

La temporada pasada, Newcastle convirtió la ventaja en terreno inestable. Ningún equipo dejó escapar más puntos desde posiciones ganadoras: 27 en la campaña 2025-26. Howe ya lo había reconocido en mayo: cuando le preguntaron si esa costumbre podía contagiarse al nuevo curso, respondió que “puede pasar cualquier cosa”.

El desenlace ante Liverpool pareció un eco de ese problema. Pero la reacción del público tras el pitido final contó otra historia. Muchos se quedaron, aplaudieron, corearon. No sonó a resignación, sino a reconocimiento.

“Estuvimos ahí los unos para los otros cuando algo salía mal”, describió Jaissle. “Actuamos como una unidad. En tan poco tiempo, este es un punto de partida alto y también estaba la frustración, pero estos son los desafíos que tenemos ahora”.

El técnico habló de una pretemporada marcada por la transición, por las piedras en el camino. “Hoy alguien nos tiró piedras en el camino y tenemos que quitarlas para volver a ser exitosos”, resumió.

La noche terminó con un penalti en contra en el descuento, un traje que Newcastle conoce demasiado bien. Pero, entre banderas, viejas leyendas en el palco y un equipo joven que empujó a Liverpool al límite, la pregunta ya no es si este grupo puede soñar.

La verdadera cuestión es hasta dónde se atreverá a llevar ese sueño.