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El derrumbe del Chelsea: inquietud en el vestuario y futuro incierto

Hasta principios de marzo, el Chelsea parecía haber encontrado por fin un camino reconocible. El 4-1 a domicilio ante Aston Villa, rival directo por la zona Champions, sonó a declaración de intenciones: un equipo joven, agresivo, capaz de golpear lejos de Stamford Bridge y de imponerse en un escenario hostil. Aquella noche en Villa Park se interpretó como el partido que consolidaba a los ‘Blues’ como favoritos para regresar a la Champions League.

Desde entonces, el equipo se ha despeñado.

De Villa Park al abismo

El aviso llegó en la FA Cup. En teoría, un trámite: quinta ronda ante Wrexham, de Championship. En la práctica, una alarma estridente. El Chelsea de Liam Rosenior necesitó una prórroga, una expulsión rival y mucho sufrimiento para imponerse 4-2. El resultado maquilló una actuación frágil, sin control ni autoridad, que anticipó lo que venía.

Días más tarde, en la Champions League, el guion se volvió cruel. Ante Paris Saint-Germain, vigente campeón de Europa, el Chelsea firmó unos 70 minutos notables en la ida de octavos. Compitió, presionó, corrió. Parecía tener el partido donde quería. Y se desplomó. Encajó cinco goles, perdió 5-2 y tiró por la borda todo el trabajo de la noche en un tramo final de desconexión que retrató su falta de madurez competitiva.

El golpe no frenó ahí. En Premier League, derrota 1-0 en casa ante Newcastle, un partido en el que el resultado quedó eclipsado por una imagen extraña: toda la plantilla agachada alrededor del balón en el círculo central antes del saque inicial. Rosenior explicó que se trataba de “respetar el balón”. La escena se leyó más como gesto performativo que como símbolo de seriedad.

El mes terminó como una pesadilla en bucle: 3-0 contra PSG en la vuelta de la Champions y otro 3-0, esta vez en la primera visita al nuevo Hill Dickinson Stadium del Everton. Dos palizas consecutivas, sin respuesta, sin orgullo visible. El parón de selecciones llegó casi como salvavidas: no tanto para el equipo, sino para evitar que la espiral siguiera devorando puntos y confianza.

Enzo Fernández alza la voz

El descanso internacional, sin embargo, ha abierto otro frente. Lejos de Londres, con Argentina, el vicecapitán Enzo Fernández ha concedido varias entrevistas que han encendido las alarmas en la cúpula del club.

Primero, cuestionó abiertamente la destitución de Enzo Maresca el día de Año Nuevo. No se anduvo con rodeos: dijo que no entendía la decisión, que les había dolido, que con Maresca el Chelsea tenía “identidad” y “orden” en el entrenamiento y en el juego, y que su salida, en mitad de la temporada, “corta todo de golpe”. Palabras contundentes, más propias de un exjugador que de un líder de vestuario aún dentro del proyecto.

Después fue un paso más allá. Preguntado por su futuro a largo plazo en Stamford Bridge, respondió con frialdad: quedan ocho partidos de Premier, la FA Cup, luego el Mundial… y “ya veremos”. Sin compromiso explícito, sin mensaje de pertenencia.

Poco después, se le interrogó sobre dónde le gustaría vivir en el futuro. Su respuesta fue directa: España. Madrid. Una ciudad que, dijo, le recuerda a Buenos Aires, donde se sentiría más cómodo por el idioma y el entorno. En plena ola de rumores que le vinculan con Real Madrid, sus declaraciones no son neutras. No confirman nada, pero sí dibujan un jugador que no se ve atado de por vida al proyecto de BlueCo.

El detalle clave: su contrato con el Chelsea se extiende hasta 2032. El club tiene toda la fuerza en una hipotética negociación. Él puede sugerir, presionar, deslizar preferencias. El poder formal, de momento, está en Stamford Bridge.

Cucurella apunta a la dirección

Enzo Fernández no está solo. Otro de los pesos pesados del vestuario, Marc Cucurella, ha puesto palabras a un malestar más profundo. El lateral, tercer jugador más veterano de la plantilla, ha descrito con claridad la sensación de haber perdido el rumbo desde la marcha de Maresca.

Para Cucurella, aquellos 18 meses con el técnico italiano dieron estabilidad. Reconoce que el primer verano con él generó dudas, que el proceso fue lento, pero subraya que en los últimos meses el equipo “jugaba casi de memoria”. Cambio de sistema, cambio de estructura, y todos sabían qué hacer. Ese tipo de automatismos no se construyen en semanas.

El golpe, asegura, llegó con la decisión del club de cortar por lo sano a mitad de curso. Primero un interino, Calum McFarlane, procedente del sub-21. Luego un nuevo entrenador, Rosenior, con ideas distintas y sin tiempo real para implantarlas. Para el español, si vas a romper un proyecto, lo lógico es hacerlo en verano, con una pretemporada completa por delante. El ejemplo que cita es claro: Arsenal y Mikel Arteta, casi siete años juntos, pocos títulos, pero una línea de trabajo que ahora les permite pelear por todo.

Cucurella no se detiene ahí. También cuestiona la política de fichajes de la directiva. Entiende la apuesta por el talento joven, por el futuro, pero avisa: para competir de verdad por Premier League y Champions League hace falta algo más. Hace falta equilibrio. Jugadores con experiencia en noches grandes, con cicatrices europeas, que sepan gestionar un 8-2 global ante PSG sin hundirse.

Sus palabras son duras: momentos como ese resultado ante el campeón francés desaniman a quienes quieren ganar ya. Ve una buena base de plantilla, pero no suficiente para escalar hasta la élite si solo se incorporan promesas. El mensaje es nítido: el modelo actual puede comprometer los objetivos deportivos inmediatos.

Curiosamente, cuando le preguntan por un posible regreso al Barcelona, el tono cambia. Reconoce que sería difícil decir que no a su club de formación, pero también insiste en que está feliz en Inglaterra y que, en principio, se ve en el Chelsea más allá de este verano. Su contrato, hasta 2028 y con una mejora salarial reciente, le sitúa en una posición más flexible que la de Enzo, pero al menos en el discurso se muestra menos impaciente.

Palmer, agotado y sin chispa

En medio de este ruido institucional, el rendimiento de Cole Palmer se ha apagado. El atacante, que irrumpió como gran referencia creativa del nuevo Chelsea, apenas suma cuatro goles de jugada y una asistencia en Premier League esta temporada. Números discretos para un futbolista llamado a liderar el proyecto.

Hay contexto. Palmer arrastra problemas físicos desde hace meses, no ha tenido un verano de descanso desde 2022 y acumula 97 partidos en sus dos primeras campañas en el club. El cuerpo pasa factura. La cabeza, también.

Tampoco le ayuda el ecosistema. El sistema de Rosenior cambia con frecuencia, los automatismos no están asentados y las defensas ya han aprendido a leerle. Le doblan, le triplican marcas, le cierran espacios. Sin una gran explosividad para romper por pura velocidad, Palmer necesita socios que piensen al mismo ritmo que él. Hoy no los tiene de forma constante.

La ventana con la selección podía haber sido un soplo de aire fresco. Unos buenos partidos con Inglaterra, un guiño de Thomas Tuchel de cara al Mundial, y quizá habría recuperado confianza. Ocurrió lo contrario: su rendimiento le ha alejado de la lista y, paradójicamente, se asoma la posibilidad de un verano libre. Bueno para su físico, preocupante como síntoma de su temporada.

Mientras tanto, los rumores le colocan en la órbita de Manchester United. El encaje deportivo es discutible si Bruno Fernandes no sale, y Palmer tiene contrato hasta 2033, el más largo de la plantilla. Sobre el papel, parece una operación complicada. Aun así, el hecho de que el ruido no cese refleja el clima de incertidumbre que rodea a casi todas las figuras clave del Chelsea.

Tres partidos para marcar una temporada

El parón termina y el calendario no concede tregua. El Chelsea afronta ahora una trilogía de partidos en Stamford Bridge que puede definir su curso.

Primero, la FA Cup. Llega Port Vale, equipo en apuros en League One, a un estadio que lleva ocho años sin celebrar este trofeo. Es la ocasión perfecta para que Rosenior lleve al equipo a Wembley y devuelva un mínimo de orgullo competitivo a la grada. Un tropiezo sería devastador.

Después, el Everest: Manchester City, aspirante al título, visita Londres en Premier League. Una semana más tarde, turno para Manchester United. Ese encuentro, además, se jugará en un ambiente cargado: se espera una protesta conjunta de las aficiones del Chelsea y del Strasbourg, el otro club del grupo BlueCo, contra la gestión de la propiedad.

El riesgo deportivo es evidente. Dos derrotas en esos duelos de liga podrían sacar al Chelsea de las plazas europeas e incluso de la primera mitad de la tabla, siempre que otros resultados acompañen. El golpe anímico, en un vestuario ya tocado, sería enorme.

La directiva ha reiterado su confianza en Rosenior. Palabras firmes, de momento. Pero cada mala racha tiene un punto de no retorno. Si este bache se alarga, si el equipo no reacciona en casa, la presión se multiplicará y las miradas se girarán hacia arriba. No solo hacia el entrenador, sino hacia los directores deportivos que desmontaron un curso que, sin brillar, iba camino de ser aceptable.

La pregunta ya no es si el Chelsea tiene talento. Lo tiene. La cuestión es si este técnico, con tan poca experiencia al máximo nivel, y un grupo de jugadores tan jóvenes como indisciplinados, pueden enderezar una temporada que se escapa entre los dedos.

En Stamford Bridge, muchos empiezan a sospechar que la respuesta, hoy, es un no incómodo.