Álvaro Arbeloa y su desafío en el Real Madrid
Alonso apenas había sacado el coche de la plaza de Valdebebas cuando Arbeloa dio marcha atrás y se lo llevó por delante. Todo se movió a esa velocidad el 12 de enero. El despido llevaba tiempo sobre la mesa, pero la ejecución fue un latigazo. Confirmada la salida de Alonso, el club anunció al instante al sustituto interino.
Sin ruido. Sin filtraciones. Sin el clásico “tic tac” televisivo. Solo un “comunicado oficial” aséptico: Álvaro Arbeloa, nuevo entrenador del primer equipo de Real Madrid C.F.
Quizá era justo lo que necesitaba el club. Los últimos días de Alonso habían sido una telenovela: roces con Vinicius Jr, enfado de la grada, un fútbol plano. Hacía falta bisturí frío. Y Arbeloa encaja en ese papel. Su primera rueda de prensa fue corta, casi quirúrgica. Si sentía algo especial por el club, no lo enseñó. Tiró de repertorio clásico, de discurso de manual, condensado en su frase de apertura.
“Este club va de ganar, ganar y volver a ganar…”, vino a decir, apelando al ADN, a la historia cargada de trofeos, a los valores aprendidos en ese vestuario y a la misión de seguir llenando vitrinas y emocionando al planeta blanco. Vivir para eso cada día. Nada nuevo, pero sí reconocible.
La pregunta clave, sin embargo, quedó flotando en el aire: ¿esto era para toda la temporada? ¿Un parche de unas semanas? ¿Un proyecto a varios años? ¿Es Arbeloa el futuro o solo un puente?
Su respuesta no aclaró nada: lleva 20 años en el club, estará mientras el Real Madrid quiera. “Esta es mi casa”. Punto. Sin plazos. Sin garantías.
Un inicio que huele a golpe
El arranque fue un desastre. Arbeloa había prometido dar protagonismo a los chicos que había pulido en La Fábrica. La Copa del Rey, ante un Albacete de Segunda, parecía el escenario perfecto para cumplir la palabra. Cuatro debuts. 94 minutos después, 3-2 para el Albacete y eliminación.
La Liga no ofreció consuelo. Tres meses resbalando, casi con ritual, fuera de la pelea por el título. Nueve puntos por detrás del Barça. Incluso ganando el próximo Clásico, cuesta encontrar argumentos futbolísticos para imaginar una remontada en la tabla.
Los números dibujan una involución. Del Mundial de Clubes a principios de enero, el Madrid de Alonso firmó: 34 partidos, 24 victorias, seis derrotas. No es un expediente escandaloso, pero sí insuficiente en un club donde se exige ganar siempre, aunque sea una utopía. Cayó ante PSG, Liverpool, Atlético de Madrid, Celta, Barcelona y Manchester City. Ninguna de esas derrotas se digiere bien en Chamartín. La de Balaídos fue especialmente dolorosa; las de Anfield y la Supercopa contra el Barça, golpes al mentón.
Pero casi todos esos tropiezos llegaron ante rivales de su nivel o superiores. Con Arbeloa, el patrón es más errático. Sus cifras: 20 partidos, 13 victorias, seis derrotas, un empate. Peor porcentaje de triunfos que Alonso. Y las derrotas, esta vez, llevan nombres distintos: Bayern, Mallorca, Getafe, Osasuna, Benfica y el propio Albacete.
Del sistema a la intuición
Alonso era, hasta el final, un entrenador de sistema. Ajustó piezas para encajar a Vinicius Jr y Kylian Mbappé, pero nunca renunció a exigir trabajo defensivo y control. Quería un juego más pausado, más estable, con roles muy definidos. Plan, estructura y ejecución. Esa misma fidelidad al método le acabó costando el puesto.
Lo curioso es que Arbeloa, en la cantera, se había ganado prestigio precisamente por algo similar. Fiel al 4-3-3, su gran sello había sido la creación de centrocampistas que dominasen el ritmo, como Thiago Pitarch, ya instalado en el primer equipo. Sus conjuntos querían el balón, pero jugaban rápido. Atacaban los espacios, aceleraban entre líneas, sin perder la estructura.
Todo eso ha volado por los aires. Arbeloa ha aparcado el 4-3-3 y se ha adentrado en un 4-4-2 indefinido, esa especie de tierra de nadie táctica que ya le costó caro a Carlo Ancelotti. En la práctica, ha asumido que el Madrid es menos “entrenable” que “gestionable”. La plantilla rebosa talento individual; con que acepten unas pocas ideas generales suele bastar.
Ese laissez-faire no siempre funciona. El equipo se ha vuelto lento, previsible, corto de ideas. El mismo guion se repite jornada tras jornada, y los rivales ya han encontrado la fórmula: bloque bajo, ayudas constantes sobre Vinicius Jr y salida rápida a la contra. La mala racha de Mbappé tampoco ayuda. El resultado es demoledor: este Madrid no solo es leíble, también es vulnerable.
En el gran examen hasta la fecha, el 2-1 de la semana pasada ante el Bayern, el equipo fue superado con claridad. Los bávaros atravesaron al Madrid por dentro y por fuera, y pudieron haberse puesto tres o cuatro arriba pasada la hora de juego. Que la eliminatoria siga viva es casi un homenaje al pie derecho de Vinicius y al despliegue inagotable de Jude Bellingham.
El viejo guion europeo
La historia, sin embargo, suena conocida. Son los escenarios de los que el Madrid suele salir reforzado. La mística de la Champions quizá esté algo sobrevalorada; el fútbol no se explica solo con fe y carácter. Pero la devoción por el escudo y la creencia casi irracional en las noches europeas han llevado a este club muy lejos demasiadas veces como para ignorarlo.
Lo de Joselu convertido por momentos en un ‘9’ a lo Harry Kane no se entiende solo con pizarras. La final de 2022 de Thibaut Courtois ante el Liverpool rozó lo inexplicable. Rodrygo, que no vive precisamente del juego aéreo, marcó de cabeza al City porque, en este club, esas cosas pasan.
El cruce con el Bayern encaja en ese molde. El Madrid llega por debajo en defensa, en el centro del campo y en ataque. Arbeloa lo reconoció sin rodeos: deberán ser mejores en todo que en el partido de ida. Y, sin embargo, las condiciones son las perfectas para una de esas noches en las que el Bernabéu se convierte en escenario de algo más que un partido.
Vinicius y Mbappé firmaron un partido flojo en el empate ante el Girona. El momento para reactivar su fútbol no puede ser más claro: remontar un 2-1 ante el equipo más en forma de Europa. Arbeloa sabe que la materia prima está ahí: “La historia del Real Madrid se ha construido superando desafíos difíciles como el de mañana”, recordó.
La noche que puede decidir un futuro
Todo apunta a que esta es la noche de Arbeloa. La lógica dicta que el Real Madrid debería caer. El Bayern vuela, Harry Kane oposita al Balón de Oro, y el conjunto blanco cojea, fuera ya del resto de competiciones.
Pero todos los entrenadores que le precedieron han logrado, al menos una vez, invocar una gran actuación europea cuando el suelo temblaba bajo sus pies. Incluso Ancelotti, uno de los grandes, vio su cargo en duda antes de firmar remontadas que ya son parte del folklore del club. Arbeloa necesita la suya. Y el contexto parece hecho a medida.
Su discurso encaja con el libreto clásico de la casa: habla de “creer”, de “remontadas”, de la “comodidad” de este equipo en las grandes citas. Ha sacrificado parte de sus principios tácticos para liberar a los futbolistas, para dejar que el talento mande.
La diferencia con otros es el currículum. Arbeloa no puede exhibir títulos ni grandes gestas en el banquillo. Ha sido lanzado al fuego sin plazos claros, con pocas credenciales más allá de “conocer el club”. Exigirle un milagro para conservar el puesto es injusto. Pero el Real Madrid nunca se ha preocupado demasiado por ser justo.
Por eso, para él, esta eliminatoria no es solo otra noche de Champions. Es su propia remontada o el final del camino. Y en un club que vive de las grandes gestas, no hay término medio.



